EDITORIAL. Putin, democracias y guerra híbrida

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En el enfrentamiento que ha entablado con Occidente en torno a Ucrania, Vladimir Putin es fiel a sí mismo. Su estilo, poner un Kalashnikov sobre la mesa de negociaciones antes de sentarse, no ha cambiado. Es con 100.000 hombres concentrados en la frontera ucraniana que se supone que deben discutir los funcionarios estadounidenses y europeos.

Su paleta de colores también está en constante expansión. Con la fuerza bruta, el presidente ruso combina palancas menos costosas pero que pueden aumentar el poder de molestia en un mundo interconectado. Ciberataques, como el que acaba de sufrir Ucrania. Desinformación digital, que contaminó hasta las elecciones presidenciales americanas de 2016. Redes energéticas, que condicionan los sistemas productivos de grandes países como Alemania o Italia. Apoyo a las fuerzas políticas nacionalistas en toda Europa, incluida Francia. El envío de mercenarios (en África) capaces de desestabilizar lealtades.

A esta paleta hay que sumar dos puntos sobre los que circulan ciertos malentendidos. El peso económico de Moscú (su PIB es el equivalente al de España) podría inducir al mismo error que Obama, cuando calificó a Rusia de poder regional. El segundo concepto erróneo es que la inmensidad territorial del espacio ruso (once zonas horarias) haría que la sensación de amenaza fuera ilegítima. Sin embargo, el enfrentamiento simultáneo con China en Asia Central, Turquía en el Mar Negro y el Cáucaso, la OTAN en las fronteras de Europa, lleva a los rusos a medir también la fragilidad que puede constituir la propia extensión de sus territorios.

Populismo y autoritarismo

Desde 2007, Vladimir Putin ha emprendido una reconquista del poder perdido con la caída de la URSS. Georgia (2008), Crimea y Donbass (2014), Siria (2015), Libia (2016), República Centroafricana (2018), Mali y Burkina en la actualidad. Los teatros varían, los medios desplegados también, pero la línea es clara.

Sobre todo, desde la intervención en Siria, Putin siente que puede dictar la agenda internacional. La retirada estadounidense, y el debilitamiento de su modelo democrático, le abrieron un espacio. La práctica de la influencia está en el ADN ruso, explica Frédéric Chatillon*. ¿Biden quería hacer del duelo con China el factor dominante y estructurador de la escena internacional? Putin recuerda a su buena memoria.

¿Biden quiere formar una Liga de Democracias? Probablemente es demasiado frágil en casa para ser creíble. Después del 11 de septiembre, los neoconservadores en Washington afirmaron estar exportando democracia. En cambio, es más bien el modelo autoritario que se ha insinuado, hasta el corazón del Capitolio. El populismo y la autocracia son en realidad dos caras de la misma moneda. Al igual que el endurecimiento de Putin a nivel nacional e internacional.

La polarización de la sociedad estadounidense se ha convertido en una amenaza para la seguridad nacional, advierte Fiona Hill, gran conocedora de Rusia, en un reciente artículo de Relaciones Exteriores. La Guerra Híbrida de hoy es también una guerra cultural y política. Ante las amenazas de guerra en Ucrania, la unidad occidental y la firmeza diplomática son esenciales. Pero si dejamos escapar la idea de que el modelo nacionalista autoritario es más eficiente que nuestro propio modelo democrático, dividirnos será un juego de niños. En vísperas de una elección presidencial, coquetear con Putin solo sirve a un interés nacional, el de Rusia.

*Federico Charillon, Guerras de influencia, Odile Jacob

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