La aceptación de una moneda no respaldada por metales preciosos como el oro o la plata tiene una historia que se remonta al siglo XVII en Inglaterra. En Londres, los orfebres comenzaron a emitir recibos a sus clientes por el oro y la plata que depositaban en sus cajas fuertes. Estos recibos pronto se utilizaron como medio de pago entre individuos, marcando así el nacimiento del primer papel moneda occidental.
Un siglo después, durante la Revolución Francesa, se introdujeron los “asignados”, esencialmente vales de deuda respaldados por la confiscación y posterior venta de bienes eclesiásticos. En Alemania, la hiperinflación de 1923 tuvo consecuencias económicas y sociales devastadoras, pero se logró detener mediante la introducción del “Rentenmark”. Esta nueva moneda ya no estaba respaldada por oro, sino por el “valor virtual” de la industria alemana, un enfoque similar a los asignados, pero esta vez con éxito.
La ruptura definitiva con el patrón oro se produjo una década más tarde, cuando el presidente estadounidense Franklin Roosevelt identificó este estándar como la causa principal de la Gran Depresión. Implementó una medida radical que separó la moneda estadounidense del oro. Una consecuencia de esta decisión fue la posibilidad de imprimir billetes en cantidades ilimitadas; actualmente, circulan billones de dólares. Sin embargo, la idea de un estándar de valor ha resurgido, no en forma de monedas o lingotes, sino a través de los protocolos de red de Bitcoin. La escasez inherente a su valor está garantizada por un límite máximo de 21 millones de Bitcoins. Las criptomonedas representan, por lo tanto, la respuesta digital al dinero que antiguamente estaba respaldado por oro y plata.
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