La poeta galesa Lynette Roberts, nacida en Buenos Aires en 1909, dejó una huella imborrable en la literatura modernista. Su obra, que dialoga con las tradiciones literarias inglesa y galesa, se caracteriza por una exploración audaz del lenguaje y una profunda conexión con la naturaleza.
Recientemente, la editorial Carcanet ha publicado una edición ampliada de sus poemas completos, titulada A Letter to the Dead, que incluye poemas inéditos como “Winter Walk”. Este poema, escrito en diciembre de 1950 y publicado originalmente en 1954 en la revista Poetry (Chicago), nos transporta a un paisaje invernal visionario y cautivador.
Aunque la inspiración para “Winter Walk” podría encontrarse en la campiña alrededor de Llanbyri, donde Roberts vivió con su esposo Keidrych Rhys, la autora misma señaló que fue escrito en Bell’s Wood, Hertfordshire, tras su divorcio. El poema crea un paisaje extraordinariamente brillante, detallado y a veces surrealista, donde la protagonista se adentra en un mundo semi-mítico, lleno de sistemas ecológicos diversos y experiencias sensoriales intensas.
Roberts utiliza versos largos de pentámetro yambico para dar cabida a sus vívidas descripciones, combinando un lenguaje sencillo y complejo. Desde la imagen fresca de la “nieve blanca y crujiente” hasta los “árboles rojos mojados, a la deriva con un flujo helado”, cada palabra contribuye a crear un impacto único. El contraste se intensifica con la introducción de la “bloodstone” (piedra sangre), que parece expandirse y fusionarse con el paisaje, conectando la vida y la muerte en una imagen poderosa.
La visión se intensifica en la segunda estrofa con las “huellas cortadas de formas estilizadas y brillantes / De aves no vistas…”. Estas huellas son más grandes que la vida, sugiriendo una realidad profunda y extraña. Las criaturas que las dejaron, invisibles para la protagonista, son forrajeras nocturnas, y su presencia crea una explosión de magia visual. Sin embargo, Roberts continúa construyendo la narrativa hacia un encuentro aún más sorprendente.
Un ligero giro a la derecha lleva a la protagonista a sentir la presencia de una figura misteriosa, descrita como un ser poderoso, carismático y complejo, a medio camino entre lo humano y lo arbóreo, incluso asemejándose a un “dios de cuatro brazos” como Vishnu. El deseo de la protagonista de permanecer con él se sugiere a través de la metáfora de una “dulce trampa de miel”, pero ella decide seguir adelante. Un torbellino de aves asustadas acompaña su decisión, y finalmente, sigue los pasos milagrosos de este ser, evocando una unión dichosa y un futuro prometedor, sellado con la abundancia de “pan y leña”. La palabra “keen” (intenso) es particularmente acertada, sugiriendo una mezcla de anhelo y determinación.
