Sin Dong-il | Profesor del Departamento de Inglés de la Universidad Central
Las fotografías de los políticos siempre son un tema delicado. Una sonrisa en medio de una catástrofe puede generar una avalancha de críticas por “falta de seriedad”, mientras que una expresión seria puede ser acusada de “autenticidad forzada”. Usar zapatillas deportivas se considera un “espectáculo” y usar zapatos, una muestra de “autoritarismo sin sensibilidad”. Una fotografía es solo un instante capturado, pero el significado que se le atribuye suele ser excesivo e incluso violento.
Esta “guerra de símbolos” se ha convertido en un paisaje cotidiano de nuestra política. La dieta, la vestimenta y los gestos de un político se convierten en combustible para la disputa, eclipsando a menudo el debate de políticas. Una foto con sopa de miso o fideos instantáneos puede ser criticada como un “disfraz de persona común”, mientras que una foto con carne de res podría ser vista como evidencia de “privilegios”. No hay razón para considerar que cruzar los brazos sea imprudente, ni que un vestido sin mangas y sandalias sean culpables de nada, pero pueden ser fácilmente utilizados para justificar la “rabia” de “nosotros” hacia “ellos”. Al alimentar la rabia existente con nueva rabia, el símbolo vacío adquiere poder.
Cuando los medios “codifican” la realidad de una manera específica para crear un mensaje, este es “decodificado” y consumido de manera sesgada según la gramática del bando al que cada uno pertenece. El poder político que surge de esto no proviene de la veracidad del símbolo en sí. Su fuerza se completa cuando “nosotros” describimos, interpretamos y compartimos de manera similar, un proceso de confirmación de la identidad grupal. El símbolo funciona más como una señal política para confirmar la cohesión del grupo que como una herramienta para reflejar la realidad.
Estamos viviendo en una era de “simulacros”, donde la interpretación prevalece sobre los hechos y la imagen sobre la realidad, y esto se manifiesta con especial intensidad en la política. En este proceso, el esfuerzo por verificar los hechos o la crítica racional de las políticas pierden su lugar. En cambio, la base para el juicio se convierte en un sentimiento: “¿Este símbolo me molesta?”, “¿Esta escena incomoda a nuestro bando?”. El debate político se transforma en un lenguaje de emociones.
En una sociedad dominada por la “política de símbolos”, nos encontramos en una encrucijada. Una opción es el silencio y la evasión: evitar el uso de símbolos controvertidos o abstenerse de hablar en la esfera pública, una elección apolítica que, sin embargo, vacía el espacio público. La otra opción es involucrarse aún más en la lógica de los bandos, estigmatizando los símbolos de “nuestro” bando como “sinceros” y los de “ellos” como “puesta en escena hipócrita”. La polarización se intensifica, la fatiga social se acumula y solo queda la política de confirmación.
Afortunadamente, como investigador de las dimensiones sociopolíticas del lenguaje, veo un camino alternativo. En lugar de involucrarse ciegamente o evitar la lucha en torno a los símbolos, se trata de revelar cómo los símbolos se movilizan como recursos políticos. Preguntarse por qué una fotografía o un gesto se convierten tan fácilmente en blanco de la ira, y cómo esa ira se organiza y amplifica. Solo al hacer esta pregunta podemos aclarar qué es lo que realmente debemos combatir.
El lenguaje y los símbolos nunca son neutrales o transparentes. Siempre pueden ser partidistas y contener la voluntad de poder. Fuera del aula, las palabras y las imágenes son objeto de feroces batallas, pero desafortunadamente, el lenguaje dentro del aula a menudo se limita a ser una herramienta de comunicación “dócil” y sin conflictos.
La alfabetización mediática o la educación cívica que no enseñan cómo el lenguaje opera como poder y justifica la exclusión están destinadas al fracaso. Los estudiantes que no comprenden el funcionamiento de los símbolos corren el riesgo de convertirse en víctimas de otra educación ideológica, aprendiendo solo a identificar las “noticias falsas del bando contrario”. Si no se comprende el funcionamiento de los símbolos, uno puede ser movilizado inconscientemente por la política de la ira y convertirse en un consumidor que reproduce una lógica de bandos preestablecida.
Hay muchos valores por los que vale la pena luchar. Cuando hay que luchar, hay que hacerlo. La democracia se alimenta incluso del conflicto. Sin embargo, no debemos desperdiciar energía política en batallas innecesarias, descuidando los valores esenciales por los que realmente debemos luchar. Debemos ser capaces de preguntarnos por qué estamos tan enojados por los símbolos triviales de los demás, y quién planifica y consume esa ira. Es imperativo en este momento un debate político que trascienda la guerra de símbolos vacíos y aborde el sufrimiento y la esperanza reales de la vida, y una reflexión educativa que lo haga posible.

