«Todos, quiero que quede claro, compartimos la misma voluntad, que es la de orientarnos hacia un libre comercio que es inherente a la naturaleza de las cosas. Francia, como la Unión Europea, así como el Mercosur, América del Sur y el Caribe, todos estamos decididos a avanzar lo más rápido posible en esta dirección.»
El presidente Chirac, en Río de Janeiro, el 28 de junio de 1999. Ese día se iniciaron las discusiones sobre un acuerdo de libre comercio con el Mercosur. Y, contrariamente a las expectativas iniciales de una rápida conclusión, han transcurrido 25 años. El texto será firmado el próximo sábado 17 en Paraguay. Posteriormente, deberá ser ratificado por el Parlamento Europeo, un proceso que aún no se ha completado.
El acuerdo eliminará progresivamente el 90% de las barreras arancelarias entre 700 millones de consumidores. «El libre comercio es inherente a la naturaleza de las cosas», afirmó Chirac. Un cuarto de siglo después, reconocemos que la globalización tiene una cara oscura y genera ganadores y perdedores. En un plazo de quince años, los automóviles alemanes ya no estarán sujetos a un impuesto del 35%, ni el vino francés, ni nuestros quesos.
Sin embargo, ¿cuál será el impacto en los ganaderos? Si bien la experiencia con el acuerdo con Canadá sugiere más inquietud que consecuencias reales, por el momento, las cuotas, las cláusulas de salvaguardia, el fortalecimiento de los controles y las ayudas de la PAC siguen siendo teóricas. La preocupación fundamental radica en una cuestión irresoluta: ¿cómo definir nuestra soberanía agrícola? ¿Debe priorizarse la producción y la exportación, o una producción más sostenible y una menor dependencia de las importaciones?
El valor añadido económico podría ser modesto, apenas un 0,05% del PIB de la UE para 2040, según apunta Emmanuel Macron. No obstante, existen dos argumentos sólidos. En primer lugar, la posibilidad de acceder más fácilmente a materiales estratégicos como el litio y el cobre. Frente a la influencia de China, esto no tiene precio. En segundo lugar, acercarse al Sur permite contrarrestar la influencia de Estados Unidos, un argumento que ya se planteó en 1999 y que hoy es más relevante que nunca.
