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Arañas Tarantula en Grecia: Encuentro Inesperado

by Editor de Tecnologia

La mañana de julio amaneció cristalina, destacando la perfecta simetría del monte Taygetos sobre el árido paisaje, según relata Ben Aldiss. Las impresionantes aguas azules del golfo apenas se movían bajo cielos despejados, presagiando un día abrasador.

Junto a mi hijo Matt y mi hija Sofie, nos adentramos en el lecho seco de un río que partía del pueblo costero de Kardamyli en dirección al lejano pico de la montaña. En anteriores vacaciones de camping en la región del Peloponeso, habíamos observado indicios de la infame tarántula – Lycosa tarantula. Sin embargo, fue en Kardamyli donde creí que podríamos tener suerte y encontrar una.

En pocos minutos, entramos en una estrecha garganta que marcaba la salida del río desde las montañas hacia la llanura costera. El sol ya comenzaba a hacer sentir su calor, y las piedras calcinadas y blanqueadas se movían con un sonido rítmico bajo nuestros pies.

A medida que se acercaba el mediodía y la temperatura alcanzaba unos sofocantes 40°C, nos acercamos a nuestro destino: una colina abierta y cubierta de hierba, cerca de un pequeño monasterio en ruinas. Cerca, se extendía una zona de vegetación irregular y aromática llamada phrygana y, para nuestra emoción, entre algunos grupos de lavanda fragante, encontramos madrigueras: madrigueras de tarántulas.

Exoesqueletos descartados rodeaban la más grande, cuyas dimensiones indicaban de forma inquietante el poder del adversario que acechaba en su interior. Delicadas hebras de seda se irradiaban casi invisiblemente desde la boca de la madriguera, como cables trampa, tensos y listos. Toqué suavemente una hebra con un palo, pero no estábamos preparados para la velocidad y la ferocidad de la respuesta.

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De la madriguera salió disparada la araña salvaje más grande que jamás había visto. Además, en lugar de retirarse –como suelen hacer la mayoría de las arañas– saltó sin dudarlo hacia el palo. En un instante, Sofie cubrió la araña con un frasco.

Con su elegante pelaje color marrón y chocolate y sus distintivos ojos tipo ‘Land Rover’, no cabía duda de su parentesco con su prima británica, mucho más pequeña: la familiar araña lobo.

Como era de esperar, la liberamos más tarde ese día, pero no sin antes mostrársela al corpulento dueño de nuestro camping. “¡Imposible!”, exclamó con su marcado acento griego. “No tenemos arañas tan grandes en Grecia”.

Ben Aldiss es ecólogo y miembro de la Royal Society of Biology y la Royal Entomological Society.

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