La sociedad contemporánea parece alejarse de una trayectoria basada en el sentido común y la coherencia, revelando una preocupante pérdida de referentes. Este vacío existencial, que afecta tanto a los individuos como a las estructuras colectivas, plantea interrogantes sobre las dinámicas sociales en curso. En este contexto, la inteligencia artificial (IA) ocupa un lugar central. Sus avances abren perspectivas inéditas, pero también plantean riesgos importantes que deben analizarse con lucidez.
La causa profunda del vacío existencial que atraviesa nuestra sociedad parece evidente hoy en día. Durante casi veinticinco años, los avances tecnológicos han experimentado una aceleración espectacular, impulsados en particular por el auge de la IA. Sin embargo, al mismo tiempo, los progresos en materia de salud mental se han quedado rezagados, como si estuvieran congelados. Esta disparidad es aún más preocupante debido al constante aumento de las necesidades en este ámbito. Según los informes publicados en 2025, más de mil millones de personas en el mundo viven con trastornos de salud mental, como la depresión y la ansiedad. La OMS estima que alrededor de 285 millones de personas sufren depresión a nivel mundial, y cerca de 450 millones están afectadas por diversas formas de adicción. Cifras, sin duda, que hablan por sí solas.
Esta realidad resulta aún más impactante hoy en día, en una época en la que las fronteras del conocimiento se extienden mucho más allá de nuestro cerebro para explorar el funcionamiento global del cuerpo humano y, más ampliamente, su interacción con el universo en su conjunto. Por supuesto, el cerebro sigue siendo el centro de esta exploración neurocientífica. Alberga una verdadera galaxia: alrededor de 86 mil millones de neuronas, un número igual de células gliales y cerca de 850 billones de conexiones sinápticas. Una complejidad fascinante que confiere a la neurociencia un atractivo natural, tanto a nivel científico como filosófico. Más allá de la ciencia oficial, esta búsqueda remite a un desafío más amplio: el vacío existencial que atraviesa nuestra sociedad. Para enfrentarlo, es crucial conectar la neurociencia y la espiritualidad, esta última representando una necesidad fundamental y universal que a menudo se ignora. De este encuentro podrían surgir respuestas pertinentes a los desafíos de nuestra época.
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Según Carl Gustav Jung, psiquiatra y psicoanalista suizo y pionero de la psicología analítica, conocido por desarrollar los conceptos de “inconsciente colectivo” y “arquetipos”, el inconsciente no es solo un espacio de represión, sino también portador de mensajes. Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis, demostró que el ser humano posee un inconsciente individual, cuya represión puede provocar trastornos como la neurosis. Viktor Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco, amplió esta visión introduciendo un tercer nivel, a saber, el inconsciente espiritual, ligado a la cultura y a la necesidad de sentido. Según él, su represión conduce a una “neurosis noogénica”, un sufrimiento nacido de la pérdida de sentido o de la frustración existencial. El “vacío existencial” es precisamente el primer síntoma, que puede conducir a la depresión, las adicciones o la violencia. Esta reflexión, aunque histórica, encuentra un poderoso eco en nuestra sociedad actual, también marcada por una profunda falta de vínculos y de sentido.
Un vacío existencial persistente
A pesar de los avances tecnológicos, la hipermodernidad y el consumismo, nuestra sociedad sigue siendo prisionera de un mal profundo: un vacío existencial que persiste desde hace casi ocho décadas. Los medios de comunicación y las redes sociales, que supuestamente deben despertar las conciencias, difunden contenidos que acentúan este malestar. A esto se suman fenómenos como la “smartfomanía” (dependencia del teléfono inteligente) y la “infobesidad” (sobrecarga de información), reveladores de una sociedad saturada, pero siempre en busca de sentido y de vínculos verdaderos. Este vacío existencial, que Viktor Frankl califica de “neurosis noogénica”, se traduce en cuatro consecuencias principales: frustración, depresión, dependencia y violencia. Estos trastornos no son nuevos, pero su persistencia plantea una interrogante: ¿cuánto tiempo podrá nuestra sociedad continuar así sin reinventarse? Ante este callejón sin salida, surge una pregunta central: ¿puede la inteligencia artificial contribuir a comprender mejor, o incluso a superar este vacío existencial, o corre el riesgo de amplificarlo?
¿La IA: futuro o fin de la humanidad?
Para comprender la IA, primero debemos precisar el significado de la palabra “inteligencia”. En su uso no humano, designa principalmente la recopilación y el procesamiento de información, como lo ilustra Alan Turing, quien ya en 1950 imaginaba máquinas capaces de simular la inteligencia humana. Sin embargo, persiste un malentendido: la IA no es “inteligente” en el sentido humano. No siente nada, ya que carece de sensibilidad, esa facultad de experimentar emociones y conciencia de sí misma. De ahí la importancia de distinguir al *homo sapiens* (el hombre que piensa) del *homo sentiens* (el hombre que siente), según Max Tegmark.
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La inteligencia artificial sigue siendo principalmente una interfaz algorítmica entre la tecnología y el cerebro humano. Si bien gana autonomía en sus procesos, sigue dependiendo hoy en día de las decisiones humanas. Puede ser un aliado valioso, especialmente en medicina, pero también un riesgo importante cuando se utiliza de forma incorrecta. El verdadero problema reside en nuestra falta de discernimiento: nos cuesta distinguir lo útil de lo nocivo. Y si mañana la IA desarrollara una forma de inteligencia real, ¿estaríamos preparados para asumir sus consecuencias? Durante años, voces han advertido sobre estos peligros. Por ejemplo, Stephen Hawking, ya en 2014, mencionó el riesgo de que la IA superara a la humanidad. En 2025, Geoffrey Hinton, pionero de la IA moderna, también advirtió sobre sus desviaciones, especialmente con los modelos de última generación.
Estamos en un punto de inflexión: o la IA nos reemplaza, con la amenaza de la extinción, o establecemos una coexistencia controlada. Esto requiere un marco global, inspirado en las instituciones que ya regulan sectores sensibles, para enmarcar las tecnologías inteligentes. Si Dios es el creador de la humanidad, entonces la humanidad es la del tercer milenio, creadora de la IA. Pero esta creación tiende a escapárnos de las manos. Si el vacío existencial y la inconsciencia espiritual persisten, nuestra civilización podría no superar las próximas décadas. ¿Será la IA el futuro o el fin de la humanidad? La respuesta depende de nuestra sabiduría colectiva. Como recordaba Marco Aurelio: “Dadme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el coraje para cambiar las que puedo y la sabiduría para conocer la diferencia”.
Bio express
El Profesor Edward E. Barbey, Investigador en Neurociencia Operacional y Experto internacional en Factores Humanos, interviene en organizaciones e instituciones de primer nivel a nivel internacional. En Suiza, colabora con el laboratorio de neurofisiología aplicada de la Universidad de Friburgo. En Francia, interviene en APNA (Air France) y SNCF. En Marruecos, después de dirigir durante diez años el departamento de Factores Humanos-CRM de Royal Air Maroc, hoy dirige el programa de Neuro-management en la École Hassania des Travaux Publics (EHTP), dedicado a la gobernanza y el liderazgo. También contribuye a las actividades del Centro Internacional Mohammed VI de la Simulación en Ciencias y Salud (CIM6S).
