El exbanquero central Mark Carney argumenta, en su discurso ante el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, que el multilateralismo ha llegado a su fin. Esta opinión, con la que coincidimos, apunta a un nuevo orden mundial en el que las tres superpotencias –Estados Unidos, China y Rusia– estarían dispuestas a ignorar las leyes y tratados internacionales para obtener lo que desean.
Sin embargo, se considera que una década de gobierno liberal en Canadá no preparó al país para esta nueva realidad. Carney ha propuesto que Canadá pueda desempeñar un papel efectivo como “potencia intermedia” mediante el establecimiento de alianzas con naciones de ideas afines en Europa y Asia, y, cuando sea necesario, alianzas limitadas con las superpotencias, incluyendo a China y presumiblemente a Estados Unidos, con el objetivo de proteger su soberanía a través de una estrategia de “geometría variable”.
El problema, según se señala, es que la Canadá descrita por Carney –una “superpotencia energética” con “vastas reservas de minerales críticos” y una “enorme capacidad fiscal”– ya no existe tras diez años de gobierno liberal bajo la administración de Justin Trudeau, quien también se encontraba en Davos promoviendo el concepto de “poder blando”. De hecho, durante su campaña por el liderazgo liberal, Carney ya advertía que la economía canadiense enfrentaba dificultades incluso antes de la llegada a la presidencia de Donald Trump, debido a las políticas económicas fallidas del gobierno Trudeau.
Pésimo desempeño en crecimiento económico
Como consecuencia de ello, Canadá experimentó el peor registro de crecimiento económico, medido por el PIB real per cápita, desde el gobierno de R.B. Bennett durante la Gran Depresión. Este desempeño fue el peor entre los países del G-7 y, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), seguirá siendo el peor entre sus 38 miembros industrializados durante las próximas tres décadas.
Carney está intentando abordar, al menos en parte, el daño económico causado por Trudeau a través de políticas cuestionables, como la inmigración descontrolada, el gasto excesivo y la falta de desarrollo efectivo de los recursos petroleros y de gas natural de Canadá. Sin embargo, estas son soluciones a largo plazo para las crisis inmediatas que enfrenta el país.
Por ejemplo, se comparte la opinión de Carney de que Canadá debe “apoyar firmemente a Groenlandia y Dinamarca, y respaldar plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia”. No obstante, la capacidad de Canadá para contribuir a este esfuerzo se ve limitada por la falta de inversión en la defensa de sus propias fronteras árticas, lo que impide una presencia militar efectiva más allá del envío de una fuerza simbólica de soldados a Groenlandia.
RECOMMENDED VIDEO
Compartir este artículo en su red social
