El mundo observa con una fingida sorpresa. La indignación ante las amenazas estadounidenses contra Venezuela es moderada, al igual que el asombro por las declaraciones expansionistas de Donald Trump sobre Gaza, Groenlandia, el Ártico, Panamá e incluso Canadá. Esta tardía sorpresa no es más que una concesión final a la hipocresía.
El sistema multilateral, surgido en 1945, no se ha derrumbado de forma espectacular, sino que se ha extinguido lentamente, asfixiado moralmente y carcomido desde dentro por la traición de sus propios guardianes. Aquellos que debían protegerlo lo han vaciado progresivamente de su sustancia, transformando el derecho internacional en un mero decorado y la justicia en una simple retórica.
Estamos entrando en una era neofeudal: la fuerza bruta vuelve a ser la brújula, la impunidad se convierte en el privilegio de los poderosos, y los pueblos –aunque proclamados soberanos– sirven como moneda de cambio en rivalidades imperiales.
1990-2003: ¿Muerte del derecho internacional o del multilateralismo?
La invasión…
