El subdirector del Instituto Danubio, Gergely Dobozi, pronunció este discurso en la conferencia A Pivotal Year: Israel, the Middle East, the US, and Europe Come 2026 el 21 de enero.
Existe un consenso creciente sobre la apertura de una nueva etapa en el sistema internacional de relaciones entre estados. El orden previo se fundamentaba en la Paz de Westfalia, un acuerdo que estableció el principio del reconocimiento mutuo de la soberanía dentro de las fronteras nacionales, junto con la no injerencia en los asuntos internos. Los intereses independientes y soberanos de las naciones-estado desplazaron así los intereses dinásticos como principal preocupación.
El marco westfaliano consolidó el concepto del Estado basado en el territorio y la inviolabilidad de sus fronteras. Quizás lo más relevante desde una perspectiva institucional, el derecho internacional se convirtió en la base para regular las relaciones entre estados, garantizando el funcionamiento de este nuevo sistema. El objetivo era crear un equilibrio de poder en el que las grandes potencias se controlaran mutuamente, evitando la hegemonía de una sola entidad.
En la actualidad, aunque el punto de partida parece similar, la conducta de los estados dominantes sugiere una ampliación progresiva de la brecha entre los principios de jure y las realidades de facto en la implementación de sus objetivos. Una de las razones principales reside en que el sistema, originalmente respetado y ampliamente respaldado –esencialmente liberal–, se basaba en la protección universal e igualitaria de la dignidad humana.
Sin embargo, con el paso de las décadas, tendencias progresistas sin control han demostrado que ciertos grupos sociales, designados unilateralmente como ‘vulnerables’, han adquirido prioridad sobre otros. Esta actitud cínica –“protegeremos a quienes elijamos, y el resto que se las arregle”– ha tenido consecuencias previsibles.
El resultado es una nueva era que cada vez más observadores describen como la era de las naciones. Un número creciente de estados opta por retirarse de diversos marcos institucionales –o, al menos, por cuestionar su funcionamiento actual–, e incluso algunos proponen la creación de estructuras completamente nuevas.
‘La soberanía es fundamental. Los estados quieren influir en los procesos internacionales, no simplemente someterse a ellos’
De lo anterior se derivan varias conclusiones. La soberanía es primordial. Los estados aspiran a participar activamente en la configuración de los procesos internacionales, en lugar de limitarse a aceptarlos pasivamente. En lugar de un activismo judicial, deberían prevalecer las fuerzas políticas democráticamente elegidas. Y, por último, la importancia de la diplomacia bilateral es innegable.
Esta era, a la vez antigua y nueva, ofrece un terreno fértil tanto para oportunidades como para riesgos. La experiencia de Hungría ilustra claramente esta dualidad.
Conscientes de estas tendencias, los responsables de la política exterior húngara han implementado, durante los últimos 16 años, una estrategia de conectividad. La base de este enfoque es la convicción de que los intereses húngaros deben ser prioritarios, y que su defensa puede requerir la aceptación de conflictos necesarios.
A pesar del escepticismo y las críticas provenientes del pensamiento convencional, esta estrategia parece estar dando frutos. Un ejemplo concreto lo demuestra: tras la pandemia, en plena guerra ruso-ucraniana y a pesar de la actitud constantemente obstructiva de la burocracia de la Unión Europea, una empresa multinacional húngara resultó victoriosa frente a competidores estadounidenses, rusos, chinos y del Golfo.
Ahora, centrémonos en los peligros.
La Unión Europea –aunque hoy en día apenas se asemeja a la organización a la que Hungría se unió como estado miembro– sigue siendo uno de los proyectos de paz más exitosos del continente. Desde la creación de sus predecesores, no ha habido conflictos armados entre los estados miembros de la UE.
Al mismo tiempo, las guerras de los Balcanes y el conflicto ruso-ucraniano recuerdan que la paz no es automática.
Mientras tanto, las crisis económicas, las presiones migratorias y las disputas sobre el estado de derecho demuestran que el funcionamiento interno de la UE está lejos de ser conflictivo. El Brexit debe servir de advertencia para todos.
‘La conectividad, la diplomacia bilateral y la firme representación de los intereses nacionales no son actos de aislamiento, sino herramientas de supervivencia y éxito’
En conclusión, la transformación del orden internacional no es teórica ni distante; ya está moldeando las decisiones políticas, económicas y de seguridad en todo el mundo. La era de las naciones no es un rechazo de la cooperación, sino una exigencia de que esta se base en el respeto mutuo, la soberanía y la legitimidad democrática.
Para Hungría, este momento exige realismo en lugar de ilusiones, coraje en lugar de conformismo. La conectividad, la diplomacia bilateral y la firme defensa de los intereses nacionales no son actos de aislamiento, sino herramientas de supervivencia y éxito en un mundo cada vez más fragmentado.
A nivel europeo, la elección es igualmente clara. La Unión Europea puede adaptarse a esta nueva realidad o arriesgarse a profundizar las divisiones internas que debilitan a todo el continente.
Los próximos años, por lo tanto, no consistirán en regresar al pasado, sino en construir un futuro estable, en el que las naciones sigan siendo la piedra angular del orden internacional, la cooperación siga siendo posible sin coerción y Europa siga siendo fuerte precisamente porque respeta la soberanía de sus miembros.
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