Los rendimientos de la deuda pública francesa se encuentran entre los más altos de la eurozona, contrastando con los niveles más bajos que presentaba a principios de los años 2000. Esta situación es una señal de la erosión progresiva de la confianza de los inversores en un país que no ha logrado sanear sus finanzas públicas, especialmente a raíz de la reciente disolución de la Asamblea Nacional.
La deuda pública francesa ha alcanzado los 3,482.2 mil millones de euros, lo que supone un incremento de casi 66 mil millones de euros entre el segundo y tercer trimestre de 2025, según datos del INSEE. Se trata de un nuevo récord absoluto.
Más allá del importe, preocupa la trayectoria incontrolada del endeudamiento, señalada en repetidas ocasiones por el Tribunal de Cuentas. No se vislumbra, de momento, una solución a corto plazo. “Francia se ha convertido realmente en el alumno problemático”, observa a BFM Business el economista Sylvain Bersinger, fundador del gabinete Bersingéco, quien destaca el “declive” de Francia en comparación con sus vecinos en materia de finanzas públicas.
La relación entre la deuda y el PIB, un indicador más relevante para medir la sostenibilidad, ilustra esta situación. Según el FMI, esta ratio se situó en el 116,5% en 2025 (117,4% en el tercer trimestre según el INSEE), casi el doble que en el año 2000 (59,7%). Esto coloca a Francia en el tercer lugar entre los países más endeudados de Europa. A modo de comparación, la deuda de la eurozona representa de media el 87,8% de su PIB, frente al 69,2% de hace 25 años.
Tasas entre las más elevadas de la eurozona
Para Sylvain Bersinger, otro indicador clave para evaluar la solidez de las finanzas públicas de un país son los tipos de interés soberanos, que representan el precio que un Estado paga a sus acreedores por endeudarse. “Mientras un Estado encuentre acreedores dispuestos a financiar su deuda a tipos bajos, el nivel de la misma no es un problema. Un Estado, a diferencia de un hogar, no muere y puede limitarse a ‘renovar’ su deuda, es decir, volver a pedir prestadas las sumas que reembolsa”, recuerda el economista.
Sin embargo, “todo esto es posible siempre que los tipos de interés de la deuda se mantengan bajos, de lo contrario, los costes de los intereses aumentan el déficit en un mecanismo autoalimentado”. Por esta razón, el experto considera que el nivel de estos rendimientos obligatorios es “el mejor (aunque no el único) termómetro de la salud de las finanzas públicas de un país y de la confianza que les otorgan los inversores”.
En este sentido, Francia tampoco destaca por sus resultados. Si en 2001 el país galo ofrecía el tercer tipo de interés a 10 años más bajo de la eurozona, lo que lo convertía en una de las deudas menos riesgosas, su posición se ha deteriorado progresivamente a lo largo de los años, llegando a ocupar, en varias ocasiones, el lugar de Italia como el tercer país que se endeuda al coste más elevado.
Un deterioro acelerado por la crisis política
No obstante, el verdadero deterioro de la situación francesa es relativamente reciente. A partir de la crisis financiera de 2008, sus tipos de interés soberanos tendieron a bajar, como en muchos otros países, debido a la baja inflación y a las políticas acomodaticias de los bancos centrales. Esta tendencia continuó en 2012 con la crisis de la deuda soberana: las obligaciones francesas y alemanas, consideradas de mayor calidad, vieron sus rendimientos disminuir, a diferencia de las de España, Italia o Grecia, que concentraban las preocupaciones de los inversores.
Posteriormente, este movimiento a la baja se aceleró a partir de 2013 para toda la eurozona, en un contexto de abundante ahorro, escasa inversión y una inflación persistentemente baja, llegando incluso a registrarse rendimientos obligatorios negativos.
No sería hasta 2022, con el regreso de la inflación, cuando los tipos de interés soberanos comenzarían a subir, coincidiendo con el endurecimiento de la política monetaria del BCE. En ese momento, los tipos franceses a 10 años ya rondaban la media de la eurozona. Pero finalmente, la disolución de 2024 y la crisis política consolidaron el declive de Francia.
¿Aumento del gasto o disminución de los ingresos? ¿De quién es la culpa?
Si las cuentas públicas francesas no han dejado de deteriorarse, es porque el país no ha logrado aprobar un presupuesto equilibrado desde 1974. Y 2026 respetará la tradición, con una ley de finanzas que, en caso de ser adoptada como se espera con el artículo 49.3, prevé un déficit público del 5% del PIB a finales de año. Un agujero que habrá que cubrir con endeudamiento, sabiendo que la agencia France Trésor prevé recaudar un importe récord de 310 mil millones de euros en los mercados en 2026.
Pero, ¿no es este, en última instancia, el precio a pagar para tranquilizar a los acreedores, que podrían, paradójicamente, estar satisfechos con la aprobación de un presupuesto, incluso con déficit? “Si el presupuesto se aprueba con el artículo 49.3 y no hay una nueva disolución, no habrá una agravación del nivel de los tipos de interés soberanos”, predice Sylvain Bersinger. “Pero tampoco habrá una mejora, porque no se está haciendo ningún esfuerzo para sanear las finanzas públicas”, subraya.
Para enderezar el rumbo, hay dos bandos enfrentados: los que abogan por aumentar los ingresos, argumentando que estos han disminuido en los últimos años, y los que piden recortar el gasto ante el aumento de las erogaciones. ¿Cuál es la realidad? Todo depende del año de referencia elegido. El peso de los ingresos en el PIB ha disminuido más que el del gasto en los últimos 10 años. Pero, a largo plazo, es sobre todo el gasto público el que está en juego, ya que ha pasado del 52,6% del PIB en 2000 al 57,3% en 2024, mientras que los ingresos se han mantenido estables (51,4%), según el INSEE.
Nicolas Dufourcq, director general del Banco Público de Inversión, ha decidido asumir el papel de alertador sobre el descontrol del gasto, y más concretamente del gasto social: “El presupuesto que se va a aprobar no es más que el enésimo episodio de una serie que comenzó hace 50 años. Una serie en la que el Estado de bienestar galopa por delante de la economía a toda velocidad. La economía se esfuerza por producir, crear buenas empresas… pero el gasto social siempre va por delante”, declaró el jueves en RMC y BFMTV, denunciando la “carrera desenfrenada del Estado de bienestar”.
Según él, “el 10% de nuestro gasto social seguirá financiándose con deuda”. Cabe destacar que la protección social representa más de la mitad del gasto público en Francia. Concretamente, 571 euros de cada 1.000 euros gastados en 2024 (de los cuales 259 euros corresponden a gastos de pensiones y 206 euros a gastos sanitarios), según un estudio reciente de François Ecalle, fundador de Fipeco.
«Los acreedores ya no nos consideran personas serias»
A diferencia de la media de la eurozona, Francia no ha logrado reducir su endeudamiento en relación al PIB desde el final de la crisis sanitaria: “Preferimos endeudarnos, es más cómodo. Estamos acostumbrados a tener un nivel de gasto público muy elevado. Gastamos demasiado en relación con nuestros recursos, mientras que otros países europeos han sabido apretarse el cinturón”, señala Sylvain Bersinger.
“Lo que observo es que los países europeos que han logrado disciplinar el crecimiento de su gasto social simplemente han decidido imponerse una regla de oro” limitando el déficit presupuestario autorizado, añade Nicolas Dufourcq.
A pesar de todo, Francia sigue financiándose en los mercados sin ninguna dificultad: “Pero debemos pagar una prima de riesgo más alta. Es una señal de que los acreedores ya no nos consideran personas serias. Esto no va a durar eternamente”, advierte Sylvain Bersinger.
Según el Consejo de Análisis Económico, el esfuerzo que habría que realizar, solo para estabilizar la deuda en el 124% del PIB en el horizonte de 2032, es considerable. El organismo preconiza, de hecho, un ajuste presupuestario de 112 mil millones de euros en seis años para lograrlo.
