Un reciente artículo ha reavivado la indignación sobre las oportunidades perdidas para mitigar futuras pandemias a través de mejoras en los edificios. El texto, que se centra en la importancia de la ventilación, recuerda tanto los errores cometidos desde 2020 como la inacción posterior.
La ventilación, la clave olvidada
Según se destaca en el artículo, la información crucial sobre la importancia de la ventilación para reducir el riesgo de transmisión de virus, incluyendo el SARS-CoV-2 y el virus de la influenza, ya estaba disponible desde marzo de 2020. Si bien es positivo que este tema se vuelva a abordar, el autor expresa frustración por la falta de medidas implementadas.
La premisa central del artículo es que los virus se transmiten por el aire y la enfermedad se desarrolla cuando se inhalan altas concentraciones virales. Una adecuada ventilación y dilución del aire en espacios cerrados reduce significativamente el riesgo de infección y, por ende, la posibilidad de epidemias.
El autor argumenta que, de haberse adoptado medidas de ventilación adecuadas en edificios desde el inicio de la pandemia, los riesgos asociados a futuras crisis sanitarias habrían sido considerablemente menores. Sin embargo, señala que, al igual que en 2020, los intereses económicos parecen prevalecer sobre la salud pública.
Siguiendo el dinero
El artículo traza un paralelismo con el siglo XIX, cuando se descubrió la relación entre la calidad del agua y la propagación de enfermedades. El Dr. John Snow demostró en 1854 que la epidemia de cólera en Londres se originó en una bomba de agua contaminada, sentando las bases de la epidemiología y la salud pública. De manera similar, el aire puede ser un vector de transmisión de enfermedades.
La influenza y el coronavirus se propagan a través de aerosoles, partículas microscópicas que pueden penetrar profundamente en los pulmones y llegar al torrente sanguíneo. Las epidemias de gripe suelen intensificarse en otoño e invierno, cuando la humedad del aire es baja y la ventilación natural disminuye.
Así como se tomaron medidas para garantizar la seguridad del agua, el artículo propone que se haga lo mismo con el aire en los edificios. Si bien la inversión necesaria es considerable (se estima en 1.000 euros por habitante), una implementación gradual, comenzando por los grupos más vulnerables, podría lograr una mejora significativa en la calidad del aire interior en un plazo de cinco años.
Esta inversión podría generar importantes ahorros anuales, incluyendo 80 millones de euros en costos de vacunación contra la influenza, una reducción de 5.000 muertes anuales, 5 millones de días de trabajo perdidos menos y 2,5 millones de días de absentismo laboral menos (equivalente a 750 millones de euros anuales), sin considerar los efectos a largo plazo de la influenza.
El autor lamenta que, al igual que en 2020, se ignore la evidencia científica y se prioricen enfoques ineficaces, como el distanciamiento social de 1,5 metros, en lugar de abordar la transmisión aérea del virus. Advierte que los intereses económicos pueden estar obstaculizando la adopción de medidas efectivas.
1. Dilución: la clave para prevenir la infección
Los virus se propagan principalmente a través de aerosoles (partículas microscópicas que se comportan como humo). Un estudio reciente (EMIT-2) demostró que cuando el aire en una habitación se mezcla vigorosamente, la concentración de partículas virales se diluye rápidamente.
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Umbral: En el estudio, la exposición (290–750 copias de ARN) se mantuvo muy por debajo de la dosis infecciosa estimada (~10⁵).
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Conclusión: Si la mezcla de aire es lo suficientemente alta, la concentración necesaria para infectar a alguien simplemente no se puede alcanzar.
2. Errores en la política de respuesta a la COVID-19
El artículo señala que las autoridades priorizaron incorrectamente el cierre de parques y escuelas.
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El aire libre es el mejor desinfectante: En lugar de obligar a las personas a permanecer en interiores (donde el aire a menudo está estancado), se debería haber puesto énfasis en las actividades al aire libre y en la apertura de ventanas.
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El mito de la distancia de 1,5 metros: Esta regla se basó en gotas grandes que caen rápidamente. Sin embargo, como los aerosoles permanecen suspendidos en el aire como el humo, la distancia ofrece poca protección en un espacio mal ventilado.
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El éxito de la aviación: Los aviones resultaron ser extremadamente seguros debido a su alta tasa de ventilación y filtros HEPA. Este modelo debería haber sido el estándar para todos los edificios públicos.
3. La fórmula: Mezcla + Ventilación
Un aire interior saludable requiere una combinación de dos procesos:
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Mezcla: Asegura que no haya “nubes de concentración” de virus alrededor de una persona.
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Ventilación/Filtración: Asegura que el aire contaminado se evacue o se limpie.
Esto se puede lograr a través de cuatro métodos intercambiables (establecidos en la norma ASHRAE 241):
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Suministro de aire fresco del exterior.
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Recirculación a través de filtros MERV-13 o HEPA.
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Purificadores de aire locales (como las cajas Corsi-Rosenthal).
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Luz UV-C (UVGI) que destruye los microbios en el aire.
4. Realidad económica y práctica
El costo de una actualización a nivel nacional de los edificios a un nivel comparable al de los aviones es significativo, pero palidece en comparación con el costo de una pandemia:
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Inversión: Aproximadamente $1.000 por persona, de una sola vez, o el 0,1% del PIB anual a través de préstamos/incentivos fiscales.
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Ahorro: Durante la COVID-19, gastamos un promedio de $15.000 por persona en apoyo de emergencia y medidas reactivas.
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Beneficios adicionales: Una mejor calidad del aire también reduce la gripe estacional y aumenta la productividad general.
Conclusión del artículo
La ciencia y los estándares (como ASHRAE 241) existen, pero falta voluntad política. Al preparar técnicamente los edificios con una buena ventilación y mezcla, no tendremos que volver a confinar a la sociedad en caso de un nuevo brote.
