En 1996, durante un clinic de natación en Zimbabue organizado por WORLD AQUATICS – FINA, como se conocía entonces – tuve la oportunidad de visitar un programa de natación local.
Las condiciones eran precarias: una piscina en mal estado, sin carriles demarcados, sin banderines de crol ni plataformas de salida. El agua estaba fría y las paredes cubiertas de una capa verdosa.
Según me comentó uno de los jóvenes nadadores, esa sustancia eran huevos de sapo y debían tener cuidado de no tragarlos. El entrenador, un hombre muy amable y trabajador, era carnicero y, aunque dedicado, carecía de una formación técnica de alto nivel en natación. En general, el ambiente era bastante deficiente.
Sin embargo, en uno de los carriles destacaba una niña de 11 años, delgada y rubia, que nadaba sin descanso. Parecía nadar con rabia contra el agua: trabajaba y trabajaba sin parar. Entre serie y serie, sonreía, reía y bromeaba con sus amigas, para luego volver a la piscina con una intensidad asombrosa, completando vuelta tras vuelta a un nivel que le habría permitido encajar perfectamente en cualquier programa de formación de Australia, Estados Unidos, Reino Unido o cualquier otro país.
Al final de la sesión, el entrenador me la presentó: “Coach Wayne, me gustaría presentarte a Kirsty Coventry”.
Esa era Kirsty Coventry, “la primera mujer Presidenta del COI y poseedora de 7 medallas (2 de oro, 4 de plata y 1 de bronce) en cinco Juegos Olímpicos (2000-2016)”.
El entorno no crea campeones, el carácter sí. Huevos de sapo, algas verdes, sin carriles. Siete medallas olímpicas. No nos vuelvan a decir que la grandeza en el deporte depende únicamente de las instalaciones.
Wayne Goldsmith
