En 2020, lo impensable ocurrió: la aparición y rápida propagación de una epidemia devastadora, el Covid-19. A pesar de los avances de la medicina moderna, no se pudo evitar una significativa pérdida de vidas, cuyas consecuencias aún hoy se están evaluando plenamente.
Este evento representó un fuerte impacto psicológico, un verdadero “trauma”, según explica el historiador y demógrafo Patrice Bourdelais en su libro Résister au souffle de l’épidémie. De la peste noire au Covid (CNRS, 2025). Esto se debe a que, en la percepción colectiva, las pandemias pertenecían a un pasado lejano y oscuro, al menos en Occidente, aunque nunca han cesado de afectar a los países del Sur.
Para ayudar a comprender a la sociedad actual, el investigador ha optado por situar el Covid-19 dentro de una “historia de las pandemias”, centrándose en aquellas que tuvieron un “carácter explosivo” y que sorprendieron a las poblaciones de su tiempo, como la peste, la fiebre amarilla, el cólera y las diferentes variantes de la gripe: rusa, española, asiática o de Hong Kong.
Si bien han transcurrido siete siglos desde el primer brote de la peste negra, el historiador señala que muchos aspectos han cambiado. Un claro ejemplo es la drástica reducción de la mortalidad causada por estas epidemias, que se ha dividido por 200. Este avance se debe a los notables progresos científicos en bacteriología, inmunología y virología. Actualmente, contamos con la capacidad industrial para producir sueros y vacunas cada vez más sofisticadas y a un ritmo más acelerado.
Reflejos instintivos
Además de las diferencias en el contexto médico, existen transformaciones sociales, políticas, culturales y religiosas que influyen en la respuesta a las epidemias. ¿Significa esto que cualquier intento de comparación es ilusorio? No, según el historiador. Ante una epidemia, independientemente de la enfermedad o la época, los desafíos a superar son similares: cómo interpretar los acontecimientos, cómo gestionar las alertas, cómo reaccionar ante el peligro, el aumento de la mortalidad y el desorden social y económico. Y, fundamentalmente, ¿qué debe prevalecer: la salud o el comercio?
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