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África: Autonomía, Inversión y Nueva Solidaridad

by Editor de Mundo

Un profundo movimiento está transformando el continente africano. Desde Casablanca hasta Ciudad del Cabo, pasando por Dakar y Lagos, jóvenes creativos, emprendedores, investigadores y artistas están inventando las soluciones del futuro. Esta dinámica revela un continente que no busca ayuda, sino reconocimiento, escucha y apoyo para sus ambiciones de transformación, desafiando a las instituciones nacionales e internacionales a estar a la altura de su potencial, e incluso a expresar su deseo de independencia.

En un mundo que envejece, África es el único continente cuya población seguirá creciendo significativamente hasta finales de siglo. Las cifras hablan por sí solas: se estima que para 2050, uno de cada tres jóvenes será africano. Esta dinámica demográfica, si se acompaña de inversiones en educación, empleo y movilidad controlada, representa uno de los activos más poderosos para las asociaciones entre África y Europa.

La revisión de la ayuda pública al desarrollo

Paralelamente, la ayuda pública al desarrollo está siendo objeto de un profundo cuestionamiento, tanto desde el continente africano como desde las opiniones occidentales, y necesita ser reinventada. Las recientes decisiones de algunos países donantes de reducir drásticamente sus fondos exigen acelerar el trabajo de redefinición de la ayuda pública al desarrollo.

Este esfuerzo es crucial no solo para la relación con África, sino también en interés propio de Francia. La forma en que concebimos esta asociación impacta directamente en nuestra cohesión e influencia en un mundo donde las relaciones de poder se endurecen. Reinventar la “ayuda pública al desarrollo” implica fortalecer nuestra propia sociedad y promover relaciones internacionales más guiadas por la defensa colectiva de bienes comunes que por la fuerza y la depredación.

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Esta necesaria reflexión debe ir acompañada de cautela: no debe convertirse en un pretexto para el desmantelamiento de las herramientas que hacen posibles asociaciones equilibradas y respetuosas con las aspiraciones tanto del Sur como del Norte. Reinventar la noción de ayuda pública al desarrollo con lucidez no debe implicar la fragilización de los actores de la solidaridad internacional y el desarrollo sostenible.

Fortalecer la autonomía financiera de los países

Los países africanos que expresan su soberanía no desean modelos importados, sino socios capaces de escuchar sus prioridades y construir con ellos soluciones adaptadas, basadas en la reciprocidad, la innovación compartida y la sostenibilidad. Esto se demuestra con las inversiones de numerosos países africanos en el desarrollo de energías renovables para acelerar el acceso universal a la electricidad. También se refleja en las ambiciosas reformas emprendidas, por ejemplo, en Etiopía o Ghana, para sanear las finanzas públicas, corregir su situación de endeudamiento y modernizar los servicios públicos, con el fin de fortalecer su atractivo económico.

Estos esfuerzos demuestran su impacto positivo en el fortalecimiento de la autonomía financiera de estos países y en la atracción de inversores internacionales interesados en aprovechar las enormes oportunidades que les esperan si ofrecen soluciones adaptadas a las ambiciones de una industrialización y transformación acelerada de las economías del continente.

En este sentido, estamos trabajando para articular la financiación climática, la financiación del desarrollo y la financiación de las exportaciones, a nivel europeo a través de la iniciativa Global Gateway, y a nivel de los bancos de desarrollo en el marco del movimiento Finance en común, que reúne a los 550 bancos públicos de desarrollo del Norte y del Sur.

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Una solidaridad activa y recíproca

Este trabajo de reconexión se inscribe en un movimiento más amplio de revisión de la arquitectura financiera internacional. Los actores de la solidaridad internacional y el desarrollo sostenible tienen un papel decisivo que desempeñar para reconectar los flujos financieros mundiales con las necesidades reales del continente africano y los imperativos climáticos.

En otras palabras, es hora de pasar de las dependencias sufridas a las interdependencias elegidas. Esto implica una solidaridad activa y recíproca: que los socios europeos reorienten sus inversiones hacia proyectos verdaderamente sostenibles y ambiciosos; y que los responsables políticos africanos escuchen a sus poblaciones, defiendan visiones colectivas a largo plazo y movilicen más recursos internos. Esta condición es esencial para reducir la dependencia y fortalecer asociaciones verdaderamente elegidas.

Finalmente, en un mundo marcado por las crisis, debemos preservar la capacidad de inversión en una paz colectiva y duradera, que sigue siendo una condición central para toda prosperidad compartida, arraigada en los territorios. Sin estabilidad, ninguna transformación es sostenible. El momento de la transformación compartida es aquel en que Francia y África deciden avanzar juntos, cuando la cooperación se convierte en una estrategia y la solidaridad en un motor de innovación. Ese momento, podemos elegir, juntos, acelerarlo.

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