En Malí, solo el 13% de las jóvenes de 15 a 24 años posee un conocimiento completo de los métodos de prevención del VIH (Encuesta Demográfica y de Salud – EDSM-VII, 2023-2024), en comparación con el 16% registrado en 2018 (EDSM-VI). Esta preocupante cifra revela una brecha en la información y la prevención que afecta especialmente a las mujeres jóvenes.
Según el informe de la Séptima Encuesta Demográfica y de Salud (EDSM-VII) de 2023-2024 en Malí, el porcentaje de mujeres de 15 a 49 años que se han realizado una prueba del VIH en los últimos 12 meses y conocen sus resultados ha disminuido del 9% (EDSM-VI, 2018) al 5% (EDSM-VII, 2023-2024). Detrás de estas estadísticas se esconden realidades sociales, silencios y profundas desigualdades de género. ¿Por qué las mujeres siguen siendo las más expuestas al virus? Esta investigación explora las vulnerabilidades y su impacto en las estrategias nacionales de lucha contra el VIH en Malí.
Aïssata tenía 16 años cuando se casó con un hombre de más de 40 años. Dos años después, descubrió que era seropositiva durante una consulta prenatal. “Ni siquiera sabía qué era el VIH. Nunca me atreví a pedirle un preservativo a mi esposo”, confiesa con voz baja. Su historia no es un caso aislado, sino que ilustra el destino de miles de mujeres cuya exposición al VIH comienza mucho antes de cualquier decisión personal, en un contexto de coerción, silencio y dependencia.
Una preocupante feminización de la epidemia
Los datos sanitarios mundiales muestran una clara tendencia: las mujeres, especialmente las jóvenes, representan una proporción desproporcionada de las nuevas infecciones por VIH, particularmente en el África subsahariana. En esta región, en 2022, las mujeres y las niñas representaron alrededor del 62% de todas las nuevas infecciones por VIH, en comparación con menos de la mitad a nivel mundial, según ONUSIDA, el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA.
Además, entre las adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años, que son el centro de esta epidemia, más de tres de cada cinco jóvenes mujeres viven con el VIH en esta franja de edad en el África subsahariana y son más de tres veces más propensas a infectarse que sus pares masculinos.
Esta situación no es producto del azar biológico, sino de una combinación de factores sociales, económicos y culturales. “El VIH en las mujeres es, ante todo, un indicador de las desigualdades de género”, subraya un responsable de salud involucrado en los programas del Alto Consejo Nacional de Lucha contra el SIDA (HCNLS) de Malí.
Violencia sexual: una puerta de entrada brutal al virus
En muchas regiones, la violencia sexual es un factor importante de contaminación. La violación, la agresión y la coerción en el ámbito conyugal o en situaciones de conflicto son actos que privan a las mujeres de cualquier capacidad de protección. Sus traumas físicos aumentan el riesgo de transmisión y contagio del VIH, mientras que el miedo y la vergüenza reducen considerablemente el acceso a la atención médica.
La violencia de género aumenta el riesgo de infección por VIH. En el África subsahariana, las mujeres y las niñas (de todas las edades) representaron el 63% de todas las nuevas infecciones por VIH, según la ficha informativa de las últimas estadísticas sobre el estado de la epidemia de SIDA de ONUSIDA. Las desigualdades socioeconómicas, los estereotipos y la violencia basada en el género son responsables de la dinámica epidémica, según la Asociación “Juntos contra el SIDA”. Para muchas víctimas, denunciar sigue siendo imposible, debido al peso de la estigmatización y el temor a represalias, lo que las encierra en un silencio de inseguridad.
El matrimonio precoz: una infancia truncada, una vulnerabilidad prolongada
Cada año, miles de niñas son retiradas de la escuela para ser entregadas en matrimonio. Aunque la educación en Malí ha mejorado en la última década, más de dos millones de niños de 5 a 17 años aún no asisten a la escuela y más de la mitad de los jóvenes de 15 a 24 años en Malí son analfabetos, según la UNESCO (https://www.unicef.org/mali/%C3%A9ducation).
Estos matrimonios precoces las exponen a parejas mayores, a menudo ya sexualmente activas y, a veces, infectadas. Privadas de educación sexual y sin poder de negociación en la pareja, estas adolescentes entran en la vida conyugal sin armas para enfrentarse al VIH. Esta falta de control sobre sus cuerpos y su sexualidad alimenta una dinámica de desigualdad que se traduce directamente en las cifras de la epidemia.
La pobreza económica, una trampa invisible
La pobreza femenina sigue siendo uno de los motores más poderosos de su vulnerabilidad, especialmente frente al VIH. Sin ingresos estables, muchas mujeres aceptan relaciones de riesgo para cubrir sus necesidades, permanecen en hogares violentos o renuncian a negarse a las relaciones sexuales sin protección por temor a perder el apoyo financiero. En zonas urbanas y rurales, la precariedad empuja a algunas mujeres a adoptar prácticas de supervivencia que aumentan su exposición al virus. Esta dependencia no es solo económica, sino también social, cultural e institucional, lo que refuerza la incapacidad de muchas mujeres para acceder a los medios de prevención y protección.
Acceso limitado a la atención médica y estigma persistente
Incluso cuando sospechan una infección, muchas dudan en acudir a los centros de salud. Por temor a ser juzgadas, rechazadas por sus familias o abandonadas por sus cónyuges, el impacto social de la prueba del VIH sigue siendo alto para las mujeres. El acceso a las pruebas y la atención médica sigue siendo bajo en varios países de África Occidental, incluido Malí, donde una proporción significativa de mujeres embarazadas no se beneficia de las pruebas sistemáticas. Según el Dr. Ichiaka Moumine Koné, secretario ejecutivo del HCNLS, citado por Studio Tamani, se esperaba que 4.361 mujeres embarazadas seropositivas recibieran tratamiento en 2024. Sin embargo, solo 2.003 han sido tratadas, lo que representa una cobertura del 46%. Algunos centros de salud aún carecen de instalaciones adecuadas para recibir a las pacientes de forma confidencial y segura, lo que refuerza la desconfianza y dificulta el acceso a la atención médica.
Las respuestas del HCNLS y sus socios
Para hacer frente al desafío, el Alto Consejo Nacional de Lucha contra el SIDA, junto con sus socios, multiplica las iniciativas a través de campañas de sensibilización dirigidas a mujeres y niñas, programas de prevención de la violencia de género, promoción del empoderamiento económico de las mujeres y mejora del acceso a las pruebas y los tratamientos antirretrovirales. Estos esfuerzos se enmarcan en una lucha global. Según los objetivos internacionales de lucha contra el VIH, es vital que una gran mayoría de las personas que viven con el VIH conozcan su estado serológico, tengan acceso a los tratamientos y mantengan una carga viral indetectable. Sin embargo, los expertos creen que sin una transformación profunda de las relaciones de poder entre hombres y mujeres, la lucha contra el VIH seguirá siendo incompleta.
Luchar contra el VIH en las mujeres no es solo distribuir medicamentos o preservativos. Se trata de proteger a las niñas contra los matrimonios forzados, criminalizar eficazmente la violencia sexual, garantizar el acceso a la educación, ofrecer oportunidades económicas reales y liberar la voz de las mujeres. Las cifras hablan por sí solas: cada semana, miles de jóvenes de todo el mundo se infectan con el VIH. En 2022, aproximadamente 4.900 jóvenes de entre 15 y 24 años contrajeron el virus cada semana, una infección casi exclusivamente relacionada con factores socioculturales y no biológicos.
La lucha contra el SIDA es, por tanto, también una lucha por la igualdad
El virus no desaparecerá hasta que se combatan las barreras estructurales que debilitan a las mujeres. La lucha contra el SIDA es, por tanto, una lucha por la dignidad humana, la igualdad de oportunidades y la justicia social. Y quizás, sobre todo, una lucha para que cada mujer tenga derecho a decidir libremente sobre su cuerpo y su futuro.
Mariam Koné
Fuente: Mali Tribune
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