La fatiga persistente, un sueño poco reparador y la falta de energía son síntomas comunes que suelen aparecer en ciertos momentos de la vida. Si bien pueden ser agotadores, es importante saber que generalmente son temporales.
Cuando la fatiga se prolonga, afecta a todo el cuerpo, incluyendo el estado de ánimo. Esta falta de energía puede impactar las relaciones y la calidad de vida en general. La fatiga no es constante a lo largo de la vida; varía según la persona, las estaciones, el ritmo de vida y la edad. Más allá de una causa patológica, la fatiga es, en primer lugar, una realidad fisiológica inevitable. Tiene un pico en una edad específica, pero la buena noticia es que es normal y, sobre todo, que pasará. ¿Pero a qué edad exactamente?
«La masa muscular comienza a disminuir naturalmente a partir de finales de los treinta años», explica la Dra. Michelle Spear, profesora de anatomía en la Universidad de Bristol (Reino Unido), en The Conversation. Esta pérdida muscular implica que cada movimiento cotidiano requiere más energía. «Las mitocondrias (componentes energéticos celulares, n.d.t.) siguen produciendo energía, pero de manera menos eficiente», añade. Además, a partir de cierta edad, el sueño se fragmenta, las hormonas fluctúan de forma impredecible y el cerebro trabaja más para obtener los mismos resultados. Esta carga cognitiva acumulada agota la energía tanto como un esfuerzo físico.
Según la profesora de anatomía, la fatiga nos afecta naturalmente a los 40 años. «La cuarentena es un período de máxima carga cognitiva y emocional», subraya. A los cuarenta años, se equilibran la carrera profesional, los hijos, el cuidado de los padres mayores y múltiples proyectos y obligaciones. «Por eso estos años son tan difíciles. La eficiencia biológica comienza a cambiar justo cuando la demanda [de esfuerzo] es mayor.» Un estudio suizo confirma esta observación: la prevalencia del agotamiento alcanza su punto máximo entre los 45 y los 54 años, afectando al 25% de este grupo de edad. Los investigadores también observaron alteraciones en el metabolismo de los lípidos y del alcohol, así como modificaciones cardiovasculares específicas de este período. En resumen, el organismo atraviesa una reconfiguración importante que se manifiesta como una mayor fatiga.
Afortunadamente, este fenómeno no es definitivo. Después de los 50 años, y especialmente después de los 60, la energía regresa gradualmente. El estudio suizo lo confirma: después del pico de la cincuentena, la fatiga disminuye y afecta solo al 20% de las personas entre 65 y 75 años. Los sistemas hormonales se estabilizan y los roles vitales se simplifican. «Cuando el estrés es menor y las rutinas se mantienen, la eficiencia del sueño puede mejorar», añade la Dra. Spear.
¿Cómo preservar la energía durante este período? «Hagan ejercicios de fuerza», recomienda la Dra. Spear. Dos o tres sesiones semanales preservan la masa muscular y mejoran el metabolismo. Protejan su sueño con una rutina regular y un ambiente propicio. En cuanto a la alimentación, prioricen las proteínas y los omega-3, limitando el consumo de alcohol. Cuiden su carga mental delegando y simplificando sus compromisos. Y, por último, acepten esta fase transitoria: «La fatiga en esta etapa no es una advertencia de un declive inevitable; es una señal de que las reglas han cambiado», concluye la Dra. Spear.
