La obra del cineasta francés Raymond Depardon se caracteriza por una mirada introspectiva, adentrándose en espacios y situaciones que permanecen ocultos al público. Su película “Un día en el campo” (“1974, une partie de campagne”), marcó un punto de inflexión en su carrera, inaugurando una serie de trabajos que exploran las implicaciones del acceso –tanto prácticas como legales– y las tensiones que surgen de él, elementos que definen su estética cinematográfica.
Depardon confronta en sus películas más ambiciosas sistemas de poder complejos, como la ley y la violencia, y la forma en que accede a estos sistemas moldea la estructura artística de sus proyectos. Un ejemplo notable es su documental de 1988, “Urgencias”, considerada una obra maestra del género. Filmada en la sala de emergencias de un hospital psiquiátrico en París, la película se centra en las evaluaciones iniciales de los pacientes, donde la posibilidad de hospitalización involuntaria –para observación, protección o tratamiento– planea sobre cada interrogatorio. Las consecuencias son enormes: algunos son acusados de crímenes, otros sufren crisis de salud mental que amenazan su estabilidad, y otros han sido llevados al hospital tras intentos de suicidio. El trauma, ya sea violencia sexual, conflictos familiares, adicciones, soledad o la amenaza de deportación, está siempre presente.
La particularidad de “Urgencias” reside en las limitaciones impuestas al rodaje dentro del hospital. Depardon, quien también es el director de fotografía, se vio obligado a filmar desde ángulos restringidos y en espacios reducidos, una compresión que intensifica las interacciones capturadas y simboliza el poder legal y médico ejercido sobre los pacientes. Su método de filmación, reservado y no intervencionista, se convierte en un estilo cinematográfico distintivo. Su anterior trabajo sobre el tema, “Notas de prensa” (1983), se centró en una comisaría de policía, pero, curiosamente, su amplio acceso al lugar resultó en imágenes menos impactantes.
En “Urgencias”, la cámara de Depardon permanece fija sobre un trípode o se sostiene a mano con movimientos mínimos; los planos se mantienen estáticos durante largos periodos. Este enfoque no es meramente observacional, sino rigurosamente formal, reflejando la concentración del cineasta y exigiendo la misma atención al espectador.
Con “Atrapados en la Acto”, Depardon refina aún más este método. En Francia, una persona arrestada durante la presunta comisión de un delito es interrogada por un fiscal sin la presencia de un abogado defensor. Depardon obtuvo permiso para filmar estos interrogatorios en un juzgado de París, con el consentimiento de los sospechosos. Su presencia es tan discreta que el resultado final, a pesar de su composición cuidadosa, parece grabado por una cámara de vigilancia desatendida. Los interrogatorios se presentan en tomas prolongadas, con una edición mínima, principalmente a través de cortes bruscos. Se filman desde un lateral, con el sospechoso y el fiscal enfrentados a través del escritorio, una simetría compositiva que contrasta con la desigualdad inherente a la conversación. El fiscal expone la versión oficial de los hechos y solicita la versión del sospechoso. Un joven con discapacidad auditiva y una expresión desconcertada, que ha cometido pequeños delitos pero nunca ha estado encarcelado, se enfrenta ahora a la posibilidad de prisión por robar una bolsa de un coche. Un hombre arrestado por organizar un juego de cartas ilegal le cuenta al fiscal que la policía le ofreció la libertad a cambio de delatar a jugadores y proxenetas de alto nivel, una traición que teme le cueste la vida.
Algunos sospechosos intentan minimizar sus acciones con eufemismos o paráfrasis, mientras que otros ofrecen explicaciones que los fiscales consideran inverosímiles. Algunos niegan los cargos rotundamente, mientras que otros confiesan libremente. A través de la lente de Depardon, estos enfrentamientos revelan una profunda desconexión entre los representantes de la ley y aquellos acusados de infringirla. Un fiscal sugiere a un adicto que abandone París y se mude a un lugar donde no haya drogas disponibles (a lo que éste responde que tal lugar no existe), mientras que otro responde con sarcasmo a un joven que afirma haber sido golpeado por la policía para confesar. La película también pone de manifiesto las desigualdades raciales, ya que los sospechosos, en su mayoría no blancos, son interrogados por fiscales predominantemente blancos. Pero, sobre todo, estos interrogatorios revelan una brecha histórica. Los acusados arrastran consigo el peso de la pobreza, la adicción, el aislamiento, la enfermedad física o mental y el estrés implacable de la exclusión. Sus historias personales, llenas de dificultades, se convierten en sentencias por sí mismas. Al final de la película, tras una larga y tensa secuencia de un hombre esposado siendo conducido a una celda de prisión, Depardon muestra una vista exterior del juzgado, con peatones caminando. El aire fresco y la libertad de movimiento solo refuerzan la asfixia moral que se vive en el interior y enfatizan la autoridad inflexible que sustenta la vida pública de la ciudad.
