La guerra aérea ha entrado en una nueva era, marcada por la alta tecnología, desde la década de 1990. Los ataques aéreos ahora se caracterizan por su rapidez y falta de advertencia, con el uso predominante de bombarderos sigilosos, misiles guiados y drones.
Tras los atentados del 11 de septiembre, se inició la llamada “guerra contra el terror”, un conflicto que difiere de las guerras convencionales al enfrentar a redes flexibles e ideologías, en lugar de ejércitos tradicionales. En este contexto, la superioridad técnica y numérica ya no garantizan la victoria.
El desarrollo de aviones sigilosos de última generación, sistemas de defensa aérea controlados por ordenador y la integración de la inteligencia artificial buscan una identificación precisa de objetivos militares y la defensa contra ataques. Sin embargo, la decisión final sobre el uso de la fuerza letal aún recae en manos humanas.
Las llamadas armas de precisión generan expectativas sobre la posibilidad de una guerra “limpia”, una noción que se revela como una ilusión. Actualmente, Rusia y Ucrania están utilizando un gran número de drones tanto para labores de reconocimiento como para ataques dirigidos.
