El proceso de amnistía y restauración de la convivencia cuenta con el respaldo mayoritario de la población venezolana, que aspira a la paz y la concordia para avanzar en la recuperación económica, un proceso que, pese a las adversidades externas, ha comenzado a dar frutos y debe consolidarse en beneficio de los sectores más vulnerables.
La búsqueda de un clima de entendimiento en Venezuela ha sido una constante en el liderazgo bolivariano, desde los tiempos del comandante Hugo Chávez, quien, tras un intento de derrocamiento, optó por la política de indultos. Esta convicción ha sido ratificada por el presidente Nicolás Maduro a través de reiterados llamados al diálogo y la implementación de medidas humanitarias.
Un sector significativo de la oposición ha optado por retornar al camino constitucional, abandonando los intentos de acceder al poder por vías no establecidas.
Las encuestas revelan que, incluso en un contexto marcado por agresiones externas, la mayoría de los venezolanos anhela un clima de entendimiento entre las diferentes fuerzas políticas y con aquellos actores geopolíticos que se muestran hostiles.
Sin embargo, la reconciliación no cuenta con el apoyo unánime. Existe una minoría, aunque ruidosa y con una fuerte presencia en los medios de comunicación y las redes sociales, que se opone a este proceso.
¿Quién podría oponerse a que una nación asediada y agredida avance hacia la pacificación y el entendimiento? La respuesta es simple: aquellos que saben que la paz implica el fin de sus aspiraciones políticas.
Por ello, la ultraderecha ha enfocado sus esfuerzos en obstaculizar iniciativas como las excarcelaciones y la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática, utilizando tácticas mediáticas y redes sociales, recurriendo a organizaciones no gubernamentales desacreditadas y a voceros internacionales carentes de legitimidad.
El resurgimiento de la narrativa de los “presos políticos”
Una de las estrategias empleadas por los opositores a la paz ha sido reactivar la narrativa de los “presos políticos”, precisamente en un momento en que se están llevando a cabo excarcelaciones –incluso previas a la agresión del 3 de enero– y se ha aprobado la Ley de Amnistía.
Mientras las autoridades buscan desarrollar un proceso ordenado de revisión de casos y otorgar beneficios procesales o libertad plena según cada situación, la ultraderecha manipula la información para generar desconfianza, avivar la impaciencia de los familiares e intentar desacreditar el proceso.
Otro componente de esta maniobra busca la liberación no solo de aquellos procesados o condenados por delitos políticos o conexos, sino también de personas responsables de crímenes graves, de odio y de lesa humanidad, e incluso de quienes solicitaron y aplaudieron la agresión externa.
Asimismo, la iniciativa gubernamental ha sido interpretada como una señal de debilidad que debe ser aprovechada para nuevas acciones desestabilizadoras, en contraposición a la intención de paz y reconciliación. Un claro ejemplo de esta actitud es la del dirigente maricorinista Juan Pablo Guanipa, quien, tras ser excarcelado por decisión unilateral de las autoridades, transgredió los términos del beneficio al intentar reactivar planes de agitación.
Con el objetivo de mantener la tensión y reforzar una narrativa en los medios internacionales y las redes sociales, se han intensificado las actividades de los familiares de los privados de libertad. Si bien tienen derecho a realizar estas acciones, existen indicios de que forman parte de una operación orquestada por la extrema derecha y las ONG que han convertido estos casos en una fuente de beneficios económicos.
¿Una nueva vanguardia estudiantil mediática?
En su afán por sabotear la amnistía, la ultraderecha ha reactivado sus estrategias en el sector universitario. El 12 de febrero, Día de la Juventud, intentaron movilizar fuerzas en el campus de la Universidad Central de Venezuela para repetir una táctica habitual: generar disturbios para provocar una respuesta policial. No lograron su objetivo y se limitaron a crear, a través de los medios de comunicación internacionales y las redes sociales, la impresión de que el estudiantado nacional se encontraba en las calles protestando contra el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez.
La realidad en Caracas fue que la principal manifestación fue organizada por la juventud revolucionaria, en apoyo a la presidenta encargada y en favor de la liberación del presidente Maduro y su esposa, la diputada Cilia Flores.
Quedó claro que les resultará difícil construir una nueva vanguardia universitaria, ya que las declaraciones de los líderes estudiantiles de la UCV revelan superficialidad y falta de solidez.
Ese día solo lograron montar un espectáculo deplorable, en el que algunos manifestantes incluso portaban banderas de Estados Unidos, demostrando una preocupante regresión histórica de la principal universidad del país.
Ante el fracaso de este experimento, recurrieron a otra de sus tácticas habituales: la victimización. Miguel Ángel Suárez, presidente de la FCU de la UCV, denunció que estaba siendo perseguido por la policía política, sin presentar evidencia alguna que respaldara sus afirmaciones.
Suárez es el mismo líder que, semanas atrás, intentó debatir con la presidenta encargada mientras supervisaba las obras de restauración de la Ciudad Universitaria. El encuentro, que se viralizó, muestra que la jefa de Estado lo escuchó y le respondió con respeto, hasta que el dirigente estudiantil demostró que no estaba dispuesto al diálogo, sino a montar un espectáculo. Sin embargo, la ultraderecha necesita desesperadamente construir una narrativa épica y crear un héroe-víctima, por lo que pretende distorsionar la realidad y hacer creer que fue atropellado por Rodríguez y ahora es hostigado por las fuerzas de seguridad.
Esta situación no es nueva. Recordemos que desde las filas universitarias han surgido muchos de los proyectos de líderes políticos desde 2007, con la generación de las “Manitos blancas” que se opusieron a la Reforma Constitucional y protestaron por la no renovación de la concesión del canal RCTV.
El primero fue Yon Goicoechea, un joven de clase media que fue inflado con premios internacionales para presentarlo como una alternativa al chavismo. Pero, como dice el refrán, “Lo que natura no da, Salamanca no lo presta”. Y tampoco la UCAB.
Goicoechea, ahora en sus cuarentas, reside en Estados Unidos y fue uno de los más fervientes defensores de una agresión militar contra Venezuela. Incluso, ha llegado a sugerir que el país debe ser ocupado militarmente de forma indefinida. Por esta razón, el gobierno solicitó, a finales del año pasado, que se le revocara la nacionalidad venezolana.
Otro de los “productos” destacados de esa generación fue Freddy Guevara, un estrecho colaborador de Leopoldo López, involucrado en los graves disturbios de febrero de 2014 y luego electo diputado en 2015. En 2017 fue detenido por su participación como líder en las guarimbas de ese año. Se asiló en la embajada de Chile y permaneció allí durante tres años. Fue indultado en 2020.
En 2021, reapareció involucrado en planes articulados con peligrosas megabandas delictivas de la Cota 905 y otros sectores de Caracas, con el objetivo de generar violencia durante la celebración del bicentenario de la Batalla de Carabobo. Fue liberado con orden de presentación y terminó participando en las jornadas de diálogo en México como representante de la Plataforma Unitaria.
Guevara es una muestra del afán de reincidencia de la dirigencia opositora, incluso después de recibir beneficios procesales y perdones.
Tras las “Manitos blancas”, surgió otra generación de líderes, bajo la influencia de la entonces rectora de la UCV, Cecilia García Arocha, entre quienes destacaba Juan Requesens, posteriormente involucrado en el fallido magnicidio de 2018, delito por el que fue detenido, juzgado y condenado. Estuvo en prisión, en su mayoría bajo arresto domiciliario, y posteriormente fue liberado bajo medidas sustitutivas a la privación de libertad. En un aparente intento de enmienda, Requesens se incorporó a la actividad política por vías constitucionales. Fue candidato a la gobernación de Miranda el año pasado, pero esto no agradó a la oposición radical a la que perteneció, que lo llenó de insultos y desprecio.
En resumen, a lo largo de los años de la Revolución, la oposición ha intentado utilizar el movimiento estudiantil para la violencia y la insurrección, siempre disfrazando sus acciones como nobles e inocentes. Esta es la situación actual.
El odio político contra los deportistas
La estigmatización de los deportistas por razones políticas, una práctica recurrente de la oposición extremista, es una de las expresiones más abominables de los enemigos de la paz.
La semana pasada presenciamos esta triste actitud tras la recepción, en el Palacio de Miraflores, a los jugadores, técnicos y directivos del equipo Navegantes del Magallanes, campeón de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional y de la Serie de las Américas, que se disputó en Caracas y La Guaira, con la participación de equipos de Argentina, Colombia, Cuba, Curazao, Nicaragua, Panamá y, por supuesto, Venezuela.
Los detractores atacaron a los deportistas por haber participado en el encuentro en la sede gubernamental, argumentando que estaban apoyando al “régimen” y politizando el béisbol. Les indignó ver a los peloteros y entrenadores posando para fotografías con la presidenta encargada.
En cualquier país es normal que los jefes de Estado se reúnan con los atletas que ganan torneos importantes o con las delegaciones que participan en competencias internacionales. Pero el antichavismo siempre ha intentado negarles este derecho (que, en realidad, es un deber) a los presidentes venezolanos. Lo hicieron con el comandante Chávez, lo hicieron con Nicolás Maduro y lo hacen ahora con Rodríguez.
Unos días antes, los ataques se dirigieron contra Miguel Cabrera, firme candidato a ingresar al Salón de la Fama de las Grandes Ligas. Fue duramente criticado en las redes sociales por haber acompañado a la presidenta Rodríguez en su recorrido por el campus de la UCV.
Algunos comentaristas temen que se inicie un movimiento para impedir la entrada de Cabrera a Cooperstown, a pesar de que cumple con todos los requisitos para ser elegido en su primer año de elegibilidad, en 2029.
Y los ataques a los deportistas no se han limitado al béisbol. La animadversión ha llegado a extremos con la superestrella del atletismo Yulimar Rojas, multicampeona mundial y medallista de oro olímpica en salto triple en Tokio 2020 (que se celebró en 2021 debido a la pandemia). Es tan odiada por los opositores que incluso celebraron la lesión que le impidió defender su título en los Juegos Olímpicos de París 2024.
Afortunadamente, Yulimar está de vuelta, tras triunfar en un importante torneo en España y clasificarse al campeonato mundial. Saltó 14,95 metros y batió, a los 30 años, la marca de 14,79 que había establecido en ese mismo campeonato en 2017, cuando tenía 21 años. Es una atleta excepcional.
Los ataques específicos contra el béisbol son históricos. En 2002 incluso se canceló el campeonato en pleno diciembre, con el deliberado propósito de aumentar el malestar generado por el paro-sabotaje petrolero y patronal.
A partir de mediados de la década pasada, las medidas coercitivas unilaterales afectaron a los equipos que contaban con alguna participación del sector público (entre ellos Magallanes, y también los Tigres de Aragua).
En 2019, las fuerzas opositoras e imperialistas impidieron que Barquisimeto fuera sede de la Serie del Caribe, cuando todo estaba preparado y tanto la Gobernación de Lara como la Alcaldía de Barquisimeto, el equipo Cardenales y empresarios vinculados a la actividad beisbolera y turística en esa región habían realizado importantes inversiones para mejorar el estadio Antonio Herrera Gutiérrez y la capacidad hotelera de la ciudad.
En esa oportunidad, se argumentó la inestabilidad política provocada por la autoproclamación del diputado Juan Guaidó como supuesto presidente interino.
Lo mismo ocurrió este año, cuando la Serie del Caribe se realizaría en los estadios Monumental Simón Bolívar y Universitario de Caracas y el Jorge Luis García Carneiro, en La Guaira.
La estrategia fracasó: la Serie del Caribe, trasladada a México, fue un fracaso económico y deportivo, mientras que la Serie de las Américas resultó ser un éxito y culminó con un lleno total en el estadio de La Rinconada –construido durante la Revolución–, que sirvió de escenario para la victoria de Magallanes como representante de Venezuela.
El estadio Monumental se llenó hasta tal punto que la rivalidad entre Caracas y Magallanes se atenuó, ya que había aficionados de todos los equipos apoyando a la selección venezolana.
Como me conocen, soy aficionado al Caracas hasta la médula, pero esta victoria la tomé como propia, entre otras razones porque varios jugadores de los Leones, como Leandro Cedeño (jugador más valioso), Wilfredo Tovar y José Marcos Torres, contribuyeron al campeonato del Magallanes en la final contra Caribes de Anzoátegui. Tovar y Aldrem Corredor, quien previamente había reforzado a Caribes, también jugaron en los partidos de la Serie de las Américas. Pero, más allá de estas consideraciones propias de la eterna y divertida polémica entre los fanáticos de estos dos equipos, celebro la victoria magallanera porque fue el triunfo de lo mejor del país frente a una serie de adversidades, incluyendo la suspensión de la Serie del Caribe por segunda vez y la agresión estadounidense de enero, que casi obligó a cancelar el campeonato al inicio de la postemporada. El gran apoyo del público al novedoso torneo internacional fue un gesto de rebeldía y resiliencia.
Por supuesto, también me agradó ver a los jugadores del equipo campeón compartiendo con la presidenta encargada y, debo admitirlo, me alegró comprobar que los amargados de siempre están sufriendo por ello.
La remontada de Magallanes en el Monumental Simón Bolívar y la presencia de Delcy Rodríguez en Miraflores son otra prueba de que, como decía el filósofo-pelotero Yogi Berra: “El juego no se termina hasta que se termina”.
[Este segmento sobre béisbol es un homenaje a la memoria de Humberto Acosta Gutiérrez, uno de los grandes cronistas venezolanos del béisbol, un periodista ejemplar y una excelente persona. También es un recuerdo afectuoso para Rita Salazar, quien solo asumía el papel de suegra tóxica cuando Magallanes le ganaba al Caracas].
(Clodovaldo Hernández / Laiguana.tv)
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