Los trastornos alimentarios son enfermedades complejas que afectan casi todas las partes del cuerpo, incluido el corazón, el cerebro e incluso las emociones. Durante la pandemia de COVID-19, estos trastornos aumentaron significativamente entre los adolescentes, quienes, al pasar más tiempo aislados y frente a pantallas, comenzaron a compararse con personajes de televisión y películas que parecían «perfectos».
Una de esas adolescentes, Moorea Friedman, relata que, al ver a los protagonistas siempre hermosos, comenzó a cuestionar su propio valor: «¿Tengo que lucir así para ser digna? ¿Para ser amable?». Ya lidiando con perfeccionismo y ansiedad, Friedman intentó recuperar una sensación de control regulando su ingesta de alimentos, algo que eventualmente derivó en conductas peligrosas.
Como resultado de la restricción alimentaria extrema, Friedman dejó de menstruar, una condición conocida como amenorrea que indica un desequilibrio hormonal. Un médico le advirtió que su corazón no funcionaba bien, lo que la hizo darse cuenta de que estaba atrapada en un patrón dañino tanto para su mente como para su cuerpo.
Este tipo de experiencias reflejan cómo, en momentos de incertidumbre, el control sobre el cuerpo puede convertirse en una estrategia peligrosa de afrontamiento, especialmente cuando se ve reforzada por mensajes culturales que idealizan ciertos cuerpos y estigmatizan otros.
