Cerca del 60% de la población española duerme menos de 7 horas diarias, según datos citados por La Vanguardia e Infosalus, una cifra que refleja un patrón global en el que el insomnio y la fragmentación del sueño se han convertido en problemas de salud pública. Expertos como Carlos Egea, citado por El Espectador, advierten que esta reducción en las horas de descanso —inferior al tiempo recomendado de 7 a 9 horas para adultos— está vinculada a un aumento en trastornos como la fatiga crónica, la dificultad para concentrarse y, a largo plazo, enfermedades metabólicas.
¿Por qué dormimos menos hoy que décadas atrás?
El ritmo acelerado de la vida moderna, el uso prolongado de dispositivos electrónicos antes de acostarse y la exposición a la luz artificial son factores clave que alteran los ciclos de sueño, según señalan los reportajes de Infosalus y La Vanguardia. Mientras en generaciones anteriores el sueño profundo era más frecuente, hoy predominan etapas de descanso ligero, especialmente en adultos mayores de 40 años, como detalla Deia. «El envejecimiento natural del cerebro reduce la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño, y aumenta la sensibilidad a estímulos externos», explica Egea, aunque añade que factores ambientales —como el estrés laboral o el ruido urbano— agravan el problema.
Un dato revelador: estudios citados por La Vanguardia indican que, en comparación con hace 50 años, los españoles dedican hoy entre 1 y 1.5 horas menos al sueño, una tendencia que coincide con el aumento de trastornos del sueño en países occidentales. Mientras en los años 70 el promedio superaba las 7.5 horas, hoy la media ronda las 6.8 horas, según registros de salud pública.
¿Cómo afecta el sueño fragmentado a la salud?
Dormir menos de 7 horas conlleva riesgos comprobados. Según Infosalus, la falta de sueño profundo —etapa esencial para la reparación celular y la consolidación de memorias— eleva el riesgo de diabetes tipo 2 hasta en un 30%, además de debilitar el sistema inmunológico. «El insomnio crónico también se asocia con un mayor riesgo de depresión y ansiedad, especialmente en mujeres», señala Egea, quien destaca que el 40% de los casos de insomnio en España no son diagnosticados.
En el caso de los adultos mayores, la fragmentación del sueño —caracterizada por despertares frecuentes— está ligada a un deterioro cognitivo acelerado, según Deia. «Cada despertar nocturno, aunque breve, interrumpe los ciclos de sueño profundo, reduciendo la capacidad de procesar información al día siguiente», explica el experto. Esto contrasta con la percepción común de que los ancianos «duermen más», cuando en realidad su sueño es menos reparador.
¿Qué dice la ciencia sobre soluciones reales?
Aunque no existen soluciones mágicas, los reportajes coinciden en estrategias basadas en evidencia. La Vanguardia y El Espectador destacan la importancia de:
- Mantener horarios fijos para acostarse y levantarse, incluso los fines de semana.
- Reducir la exposición a pantallas 1 hora antes de dormir, ya que la luz azul suprime la melatonina.
- Crear un ambiente oscuro y fresco en el dormitorio (temperaturas ideales: entre 18°C y 22°C).
- Evitar cafeína después de las 14:00 y cenas pesadas.
Egea añade que, en casos de insomnio persistente, la terapia cognitivo-conductual es el tratamiento más efectivo, con tasas de éxito del 70% según estudios clínicos citados por Infosalus. «El problema no es solo físico, sino también emocional: muchas personas asocian la cama con frustración por no dormir», advierte.
¿Qué pasa si no se actúa a tiempo?
La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica el insomnio crónico como un trastorno del sueño grave, comparable en impacto al de la hipertensión o la obesidad. Según Infosalus, países como España registran un aumento del 25% en consultas por problemas de sueño en la última década, con un costo económico anual de más de 1.200 millones de euros en pérdida de productividad laboral. «El sueño no es un lujo, es una necesidad biológica. Negarlo tiene consecuencias que van desde el mal humor hasta enfermedades graves», concluye Egea.

Para profundizar en cómo el envejecimiento afecta la calidad del sueño, Deia señala que después de los 60 años, el 65% de las personas experimentan sueño no reparador, un fenómeno vinculado a la reducción de la masa muscular y a cambios en los patrones de actividad cerebral. «La buena noticia es que, con hábitos consistentes, se puede mejorar la calidad del sueño en cualquier etapa de la vida», asegura el experto.
