De guerras disputadas a sistemas de guerra permanentes
Un reciente informe de Amani Africa, presentado en la cumbre de la Unión Africana, señala que el continente ha entrado en una nueva era de inseguridad e inestabilidad. La naturaleza de los conflictos en África ha cambiado fundamentalmente. Las contiendas contemporáneas ya no se centran principalmente en la toma del poder estatal o en una victoria militar decisiva, sino que se asemejan cada vez más a guerras de permanencia: luchas prolongadas alimentadas por la fragmentación política, los incentivos económicos y la rivalidad geopolítica.
Los actores armados se han multiplicado y diversificado. Los estados se enfrentan a milicias, paramilitares, formaciones mercenarias y fuerzas de seguridad híbridas, y a menudo recurren a actores similares por su parte. La autoridad se difumina, la rendición de cuentas se diluye y la violencia se externaliza.
El conflicto se ha vuelto económicamente racional. El contrabando, el tráfico, la tributación ilícita, la desviación de ayudas y el control de las rutas comerciales sostienen tanto a los grupos armados como a las élites políticas. Han arraigado economías de guerra enteras, lo que dificulta políticamente la paz y la hace económicamente amenazante para quienes se benefician del desorden.
La injerencia externa se ha intensificado. Las potencias medias y los rivales globales consideran cada vez más las zonas de conflicto africanas como escenarios de competencia estratégica. El acceso a los recursos, los puertos, los mercados y las instalaciones militares a menudo prevalece sobre el compromiso con la paz.
Los civiles ya no son víctimas incidentales, como lo demuestran los acontecimientos en Sudán, documentados en el informe de Amani Africa sobre la priorización de la protección de los civiles. El desplazamiento, la hambruna y el terror se utilizan cada vez más como estrategias de control. Las normas se han erosionado, los ceses al fuego rara vez se cumplen, los acuerdos ya no obligan y la mediación es ampliamente desconfiada.
Elecciones sin paz: la democracia como factor de riesgo
A medida que África se acerca a 2026, se avecina un denso calendario de elecciones en contextos frágiles y polarizados. Las elecciones que se celebran sin un acuerdo político, garantías de seguridad, confianza institucional e inclusión política no perduran. Redistribuyen el conflicto en lugar de resolverlo.
En consonancia con la Carta Africana de la Democracia, las Elecciones y la Gobernanza, la Unión Africana debe revisar urgentemente sus prácticas de observación, validación y certificación de elecciones. Las recientes elecciones y resoluciones controvertidas han erosionado la confianza pública en la política electoral, especialmente en el contexto de las próximas elecciones de 2026.
El colapso de la autoridad multilateral
Precisamente en el momento en que África necesita una acción colectiva, sus instituciones multilaterales se encuentran en su punto más débil. La captura política, el fracaso en articular una visión clara y movilizar el consenso de los Estados miembros, la inconsistencia, la falta de financiación y la elusión externa han erosionado la credibilidad y la capacidad de aplicación.
Las iniciativas de paz se negocian cada vez más fuera de los marcos multilaterales africanos. Tienden a estar impulsadas por mentalidades transaccionales que priorizan los acuerdos a corto plazo sobre las normas y las soluciones políticas duraderas. Esta tendencia representa un peligro mortal para la arquitectura de paz y seguridad de África, como atestigua la pérdida de liderazgo de la Unión Africana (UA) en muchos ámbitos.
Hacia una agenda de reforma: recuperar la política, la colectividad y la capacidad de acción panafricana
Esta trayectoria no es inevitable. Pero revertirla requiere una acción colectiva decisiva.
África debe emprender urgentemente una reflexión estratégica colectiva y seria sobre su posición en el orden mundial emergente. La reforma institucional de la UA ofrece una oportunidad, pero solo si se lleva a cabo de manera que rompa con el enfoque fallido del pasado. La UA, junto con las comunidades económicas regionales, debe elaborar y articular una estrategia panafricana común para resistir la fragmentación y recuperar la capacidad de acción.
La primacía de la política debe guiar la acción multilateral. La prevención y resolución de conflictos deben revitalizarse, basándose en una diplomacia robusta para la paz. La consolidación de la paz, la mediación y la construcción de la paz, y no las transacciones, deben seguir siendo el mandato central de las instituciones multilaterales africanas. Los ceses al fuego son necesarios, pero insuficientes; son pasos hacia una solución política, no sustitutos de ella.
Los conflictos de naturaleza regional requieren estrategias regionales integradas. El cumplimiento debe importar. Las decisiones sin consecuencias erosionan la credibilidad.
Las economías de guerra deben desmantelarse. Las redes de financiación de conflictos, las rutas de tráfico y el patrocinio externo deben interrumpirse mediante una acción regional e internacional coordinada.
Las iniciativas de paz deben ser basadas en principios y guiadas por un liderazgo valiente y una estrategia diplomática imparcial pero sólidamente respaldada.
Los civiles deben ser el centro de atención. Los procesos de paz que excluyen a las fuerzas sociales, los jóvenes, las mujeres y las poblaciones desplazadas carecen de legitimidad y durabilidad.
Finalmente, las elecciones deben subordinarse a la paz, no al revés. No más elecciones sin garantías de seguridad, inclusión política y consenso sobre las reglas del juego.
2026: Un punto de inflexión
África se acerca a un umbral decisivo. Si las tendencias actuales persisten, 2026 podría recordarse como el momento en que la guerra permanente se arraigó estructuralmente y la voz colectiva de África se debilitó fatalmente.
El futuro aún es salvable, pero solo si una reforma seria basada en el restablecimiento del compromiso y la defensa robusta de las normas de la UA reemplaza al ritual, la estrategia colectiva reemplaza a la fragmentación, y la paz y el panafricanismo se recuperan como opciones políticas deliberadas en lugar de aspiraciones retóricas desprovistas de determinación.
