En un gesto conmovedor que trascendió la exploración científica, el astronauta estadounidense Charles Duke dejó en la Luna, durante la misión Apolo 16 de 1972, objetos personales y un mensaje emotivo. Un testimonio perdurable de una experiencia única que fusionó la ciencia con el anhelo por el hogar.
La misión Apolo 16, que incluyó el descenso del módulo lunar con Duke y su compañero John Young, despegó el 16 de abril de 1972 y alcanzó la superficie lunar el 20 de abril. Los astronautas pasaron dos días en la Luna realizando experimentos científicos y recolectando rocas lunares, acumulando alrededor de 95 kilogramos de muestras para su regreso a la Tierra.
Sin embargo, la misión no estuvo exenta de contratiempos. La unidad de mando sufrió una falla en uno de sus motores esenciales, lo que casi pone en peligro el viaje de regreso.
Según informes de la NASA, la tripulación tuvo que posponer algunas actividades en la Luna hasta que su compañero Ken Mattingly pudo reparar el motor desde la órbita lunar. Una vez restaurada la trayectoria correcta, Young y Duke pudieron completar sus caminatas lunares, aunque esto implicó la cancelación de una visita planificada, incluyendo lo que se conoció como los “Juegos Olímpicos Lunares”, diseñados para experimentar saltos de altura y longitud en baja gravedad.
A pesar del ambiente científico, la misión estuvo salpicada de momentos curiosos y de tensión. Young casi sufre una lesión durante un intento de salto de altura cuando el peso de su mochila lo desequilibró, provocando que cayera de espaldas desde una altura de aproximadamente 1.2 metros. Afortunadamente, su traje espacial y el cinturón de seguridad lo protegieron de cualquier daño.
Antes de regresar al módulo de mando, Duke dejó en la superficie lunar una colección de objetos simbólicos. Entre ellos, una fotografía de su familia con la inscripción: “Esta es la familia del astronauta Charlie Duke de la Tierra que aterrizó en la Luna el 20 de abril de 1972”, un trozo de tela beta que marcaba su graduación en la Escuela de Pilotos de Investigación de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y una medalla conmemorativa del 25º aniversario de la Fuerza Aérea estadounidense.
En una entrevista posterior con Business Insider, Duke reveló que el propósito de llevar la foto familiar a la Luna era entusiasmar a sus hijos y hacerles sentir que “habían ido con él”.
“Siempre planeé dejar la foto en la Luna, así que cuando la dejé caer, el objetivo era simplemente mostrarles a los niños que realmente la había dejado allí”, añadió.
Este momento sigue siendo un raro ejemplo del lado humano de las misiones espaciales, donde la aventura científica se cruza con los valores familiares y los recuerdos personales, recordándonos que detrás de cada viaje espacial hay historias humanas profundas que convierten un logro científico en una experiencia personal e íntima.
