La Berlinale se convierte en escenario de controversia tras la contundente declaración de Arundhati Roy, autora de El Dios de las Pequeñas Cosas. La escritora ha anunciado su ausencia del festival en protesta por el silencio que, a su juicio, impera sobre la situación en Gaza. Roy califica lo que está ocurriendo como un “genocidio del pueblo palestino” perpetrado por Israel, con el apoyo de gobiernos como el de Estados Unidos y Alemania, acusando a estos últimos de complicidad.
La decisión de Roy se suma a la de otros artistas que, en los últimos años, han optado por no participar en la Berlinale debido a esta misma falta de debate sobre el conflicto. Originalmente, la autora iba a presentar In Which Annie Gives It Those Ones (1989), un guion que firmó, dentro de la retrospectiva dedicada a la década de los 90.
El tema de Gaza se ha convertido en un tabú en la Berlinale, un asunto que se menciona “a voz baja”, tal como refleja el título de la película de Leyla Bouzid que se proyectó ayer en competición. Aunque no existe una censura explícita, la discusión sobre la crisis humanitaria en la Franja de Gaza está ausente de los coloquios y debates del festival, generando incomodidad entre los participantes.
Este silencio se produce tras la polémica generada hace dos años durante la entrega de premios a No Other Land, cuando varios artistas aprovecharon el escenario para expresar su apoyo a Palestina. El gobierno alemán, principal financiador del festival, reaccionó prometiendo un control más estricto sobre las futuras selecciones, incluyendo la composición de las jurados. La actual directora, Tricia Tuttle, parece haber adoptado esta línea, buscando evitar cualquier controversia. La jurado de este año, presidida por Wim Wenders, parece seguir estas directrices, una situación que no sorprende a muchos, especialmente considerando que Alexander Payne, presidente del jurado en la Mostra de Venecia, evitó responder a preguntas sobre el tema.
Se cuestiona la postura de Wenders, quien previamente había defendido el poder transformador del cine, pero que, ante la mención de Gaza, cambió de rumbo. Se reconoce que la naturaleza “política” de una película no reside en convertirse en un mero manifiesto, sino en la sutileza y el impacto de su mensaje. Sin embargo, se subraya la importancia de denunciar simbólicamente el genocidio palestino, especialmente desde una posición de influencia como la suya. El silencio, se argumenta, es una forma de hipocresía que equipara la crítica al gobierno israelí con el antisemitismo, reprimiendo cualquier disenso. Que un espacio cultural como la Berlinale, que se proclama comprometido con la actualidad y el debate, silencie a Palestina es un acto grave que socava su credibilidad.
