La hora del día en que comemos, la velocidad con la que consumimos los alimentos e incluso la cantidad que masticamos pueden afectar la cantidad de calorías que obtenemos de ellos. La sabiduría popular sugiere que la clave para mantener un peso saludable es contar las calorías que ingerimos y compararlas con las que gastamos. Parece simple, ¿verdad?
Sin embargo, esta forma de pensar omite una verdad importante: no todas las calorías de nuestros alimentos son iguales. De hecho, existe una compleja interacción biológica dentro de nuestros cuerpos, influenciada por el tipo de alimento que consumimos, la rapidez con la que lo hacemos y su interacción con la comunidad de microorganismos que viven en nuestro intestino.
“Esta es un área de investigación en gran expansión”, afirma Sarah Berry, profesora de nutrición del King’s College London en el Reino Unido. “Estamos empezando a ver cuán variables son nuestras respuestas a los alimentos, y cómo yo podría metabolizar algo de una manera muy diferente a como tú lo metabolizarías”.
¿Cuándo comemos?
Lo que comemos sigue siendo importante: una dieta rica en verduras frescas siempre será mejor que una dominada por hamburguesas con queso. Pero no es la única consideración. El momento de la ingesta de alimentos, por ejemplo, también juega un papel en la forma en que los digerimos y los nutrientes que nuestros cuerpos extraen.
