La Conferencia de Seguridad de Múnich 2026, un foro crucial para el análisis de las amenazas globales y las tensiones geopolíticas, ha puesto de manifiesto la creciente complejidad en la relación entre Estados Unidos y Europa bajo la presidencia de Donald Trump. El evento, celebrado del 13 al 15 de febrero en Alemania, congregó a líderes mundiales, ministros y expertos para debatir los desafíos a la paz internacional.
El informe oficial de la conferencia advierte sobre una preocupante deriva estadounidense, describiendo cómo el país, históricamente impulsor del orden internacional desde 1945, ahora parece encaminarse hacia su “demolición” a través de políticas impredecibles que erosionan la confianza de sus aliados. Esta situación plantea desafíos significativos para la Unión Europea y España, traduciéndose en la necesidad de aumentar el gasto en defensa, buscar una mayor autonomía estratégica y reducir la complacencia ante los acontecimientos.
Aunque el presidente Trump no asistió al evento, su influencia se hizo sentir en cada debate. La posibilidad, planteada por el propio Trump, de adquirir por la fuerza Groenlandia, un territorio de la OTAN, ha servido como un punto de inflexión, evidenciando la capacidad de Washington para actuar incluso en detrimento de sus aliados. Este clima de incertidumbre se reflejó en el lema de la conferencia, Under Destruction, y en la sensación generalizada de que la relación transatlántica ha alcanzado un punto de no retorno.
La cara conciliadora del trumpismo
En este contexto, el discurso del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, representó un intento de suavizar la retórica. Rubio elogió a Occidente como “la mayor civilización de la historia”, insistió en que Estados Unidos no busca una ruptura con Europa y abogó por “revitalizar una vieja amistad”, recibiendo una cálida acogida en el hotel Bayerischer Hof.
Sin embargo, tras esta fachada conciliadora se esconden condiciones claras: la alianza solo se mantendrá si Europa se alinea con las prioridades estadounidenses, incluyendo sanciones contra Venezuela, posturas en relación con Gaza, y una firme oposición a la inmigración y al “culto climático”. Rubio defendió una visión nacionalista, blanca y cristiana de Occidente, que contrasta con el pluralismo ideológico, aunque en declive, que aún persiste en Europa.
La respuesta europea ha combinado el desafío verbal con un reconocimiento implícito de su dependencia.
El canciller alemán, Friedrich Merz, declaró que el orden internacional basado en normas ha dejado de existir, reconoció una “profunda zanja” con Estados Unidos, instó a refundar la OTAN y enfatizó que ni siquiera Estados Unidos es capaz de actuar solo frente a potencias rivales como China o Rusia.
Emmanuel Macron, por su parte, instó a Europa a pasar de ser un “objeto” a un “sujeto” en materia de seguridad, proponiendo iniciar un debate sobre extender el paraguas nuclear francés al conjunto del continente y reclamando una mayor voz europea en las decisiones sobre Ucrania y las fronteras.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el primer ministro británico, Keir Starmer, reforzaron esta visión, abogando por una OTAN “más europea” y por el desarrollo de una columna vertebral de capacidades estratégicas propias, como misiles de largo alcance o defensa cibernética.
La doctrina OTAN 3.0
Elbridge Colby, subsecretario de Defensa estadounidense, articuló la doctrina de OTAN 3.0, que justifica una reducción de los compromisos convencionales de Estados Unidos en Europa para priorizar el Indo-Pacífico frente a China.
Un análisis detallado de los discursos y documentos revela elementos sutiles: una idealización de la Guerra Fría, ambigüedad respecto a Rusia a pesar de la guerra en Ucrania, un calendario irreal para la transferencia de cargas que abre una ventana de vulnerabilidad, y la ilusión de un actor europeo unificado, a pesar de las divisiones políticas, industriales y sociales dentro de la UE.
El resultado es una exigencia a Europa para que avance a un ritmo que sus recursos y sistemas no pueden sostener, con plazos que conllevan riesgos de desprotección temporal.
España participó en la conferencia en una posición delicada, atrapada entre las exigencias externas y su propia estrategia interna. Trump ha criticado públicamente el retraso histórico en el gasto militar de Madrid, impulsando, a través de la OTAN 3.0, objetivos que superan el 2 % del PIB, posiblemente alcanzando el 3 % o más.
El Gobierno de Pedro Sánchez se presentó como atlantista, pero sin sumisión, rechazando el rearme nuclear y abogando por un “rearme moral” frente a la escalada armamentística, destacando la contribución a las misiones de la OTAN, la seguridad del “flanco sur” (migración, terrorismo) y la coherencia entre la defensa de Ucrania y la de Gaza.
Para los ciudadanos españoles, las conclusiones de Múnich 2026 se traducen en tres ámbitos concretos:
Múnich 2026 insta a transformar la desconfianza en acción: Europa, y España, deben decidir si aceleran hacia la autonomía o reformulan un modelo de seguridad que se ha vuelto insostenible.
