Con Onbashira Diptych, el coreógrafo Damien Jalet presenta dos piezas con una puesta en escena impactante, elevando la danza a un espectáculo visualmente deslumbrante.
Por un lado, Skid, con su plataforma inclinada a 34 grados que evoca la pendiente de una montaña, desafía a los bailarines a confrontar las leyes de la gravedad. Por otro lado, Thr(o)ugh, con un cilindro monumental en rotación que simula un tronco de árbol descomunal, pone a prueba el equilibrio de los intérpretes. Vertigo, tensión y peligro se entrelazan en una danza que se reinventa al borde del abismo.
La inspiración para estas obras reside en un ritual japonés del Festival Onbashira, donde jóvenes se deslizan por la ladera de una montaña sobre un tronco recién talado. Jalet captura la esencia de este riesgo colectivo, explorando apariciones, desapariciones y un dominio extremo del equilibrio, exigiendo a los bailarines superarse y confiar unos en otros para evitar la caída.
Skid – Caer, luchar, renacer
En Skid (“derrape”), Damien Jalet coreografía una caída con un significado profundo. Al ritmo de la música electrónica de Christian Fennesz, inspirada en las sinfonías de Mahler, los cuerpos se deslizan por un plano inclinado de 10×10 metros, diseñado en colaboración con los artistas plásticos Jim Hodges y Carlos Marques Da Cruz. Inicialmente, los bailarines se abandonan y caen hacia la fosa de orquesta, como si fueran abatidos en medio de una guerra. Los deslizamientos transmiten la brutalidad de la muerte, la inmediatez de un cuerpo que cede. Sin embargo, en esta caída abrupta, surge un instinto colectivo: se forma una cadena humana, se establecen alianzas entre los bailarines del Ballet du Grand Théâtre de Genève, quienes cambian su vestimenta urbana por combinaciones negras, transformándose en guerreros, casi samuráis, que luchan contra la caída y retrasan lo inevitable…
Finalmente, una imagen conmovedora: un cuerpo desnudo y frágil intenta escalar la montaña. Como emergiendo de un capullo, renace ante nuestros ojos, vacila, se levanta y comienza de nuevo.
En Skid, la caída no es solo una cuestión de gravedad, sino una toma de conciencia. Cada derrape nos invita a una introspección, y es al caer donde aprendemos, quizás, a renacer.
Thr(o)ugh – Traducir lo indicible con el cuerpo
A través de Thr(o)ugh, Damien Jalet confronta su propio trauma frente al peligro. Esta pieza, creada tras los atentados del 13 de noviembre de 2015, de los que fue testigo cerca del bar La Belle Équipe en París, lleva consigo el recuerdo de un peligro inminente. “Todavía estoy vivo”, se repetía mientras huía. De esta conmoción surge una obra donde la adrenalina se convierte en materia coreográfica, atormentada por la pregunta: “¿Dónde estaría hoy si hubiera comprendido a tiempo lo que estaba sucediendo?”.
En el escenario, un cilindro en rotación representa este túnel entre dos mundos, el de los vivos y el de los muertos. Los intérpretes luchan con una corporalidad brutal, oscilando entre maniquíes de pruebas de choque y apariciones espectrales. La inmovilidad se convierte en sinónimo de muerte. Cada gesto es una sacudida, cada apoyo mutuo es un reflejo de supervivencia, como si los cuerpos se transmitieran el impulso vital para no sucumbir.
La música electrónica crea un clima de caos incandescente. El cilindro avanza peligrosamente hacia el público antes de retroceder, transmitiendo físicamente la amenaza (especialmente a los espectadores de las primeras filas). Aquí no se trata de contar el evento, sino de experimentarlo, de transformar el impacto en una catarsis. Y de recordar que, ante el peligro, el único anclaje posible a veces reside en el cuerpo del otro.
Una experiencia que se puede descubrir en el Théâtre de la Ville hasta el 8 de marzo para sentir algunas emociones fuertes.

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