La proliferación de centros de estafa en Asia representa un negocio ilegal colosal que explota a miles de personas, en su mayoría migrantes, obligándolas a participar en fraudes digitales. El padre Will Conquer describe una situación alarmante: “Trabajan aislados día y noche, sin descanso, a menudo sin remuneración y con escasa alimentación. ¿Descansan? Apenas medio día al mes”. Para ocultar estas actividades, se han levantado complejos turísticos y casinos que sirven como fachada.
Federico Piana – Ciudad del Vaticano
En estas ciudades, edificios enteros están controlados por organizaciones criminales, terrenos extensos se adquieren con fondos ilícitos y barrios enteros se ven dominados por complejos turísticos con casinos deslumbrantes y restaurantes modernos que apenas registran la presencia de clientes. Detrás de esta aparente normalidad se esconde una trágica realidad: los habitantes de estos lugares son esclavos modernos, trabajando sin descanso, lejos de miradas indiscretas y de las autoridades, para alimentar el lucrativo negocio del fraude en línea.
El espejismo de un futuro mejor
Sihanoukville, en el sur de Camboya, con vistas al golfo de Tailandia y a solo diez kilómetros del aeropuerto internacional, es un claro ejemplo de esta situación. Miles de migrantes llegan cada año a este país asiático atraídos por la promesa de un futuro mejor, pero terminan convertidos en piezas clave de los centros de estafa, ejecutando fraudes que generan enormes ganancias.
Blanqueo de capitales y ostentación
El padre Will Conquer, misionero francés de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París, observa diariamente los efectos de la corrupción. “En estos lugares”, afirma, “abundan los Maserati y los Ferrari, ya que quienes dirigen los centros de estafa buscan desesperadamente ocultar y blanquear su dinero. Compran terrenos a precios exorbitantes, lo que ha hecho que la vivienda sea inaccesible para la población local. El dinero invertido en la ciudad es, en realidad, capital ilícito de la mafia. Camboya, antes un país empobrecido, ahora cuenta con más Maserati en Sihanoukville que Mónaco”.
Complejas estafas
Las víctimas de estos centros de estafa, miles de hombres y mujeres que buscaban un trabajo honesto, se ven obligadas a ejecutar fraudes sofisticados, desde aplicaciones falsas para la compra de criptomonedas hasta sitios web de comercio electrónico fraudulentos y estafas románticas, que explotan la soledad de sus víctimas para obtener grandes sumas de dinero.
Condiciones inhumanas
Estos estafadores forzados, a quienes el padre Conquer intenta ayudar, provienen de diversos países y continentes. “Trabajan día y noche, durmiendo y comiendo en los centros, sin poder salir, aislados de todo y de todos. Solo tienen medio día libre al mes y, en muchos casos, ni siquiera ven la luz del sol. Muchos sufren depresión y ansiedad. Los hombres tienden a la obesidad, mientras que las mujeres, a la anorexia”.
Un sistema de responsabilidad diluida
El sistema empleado por las organizaciones criminales es sutil y eficaz. Quienes llegan a Camboya no son plenamente conscientes de la ilegalidad del entorno en el que se adentran. Cada uno asume una tarea específica, diluyendo la responsabilidad moral. Por ejemplo, una mujer podría encargarse de la promoción de un casino falso, otro de la distribución de juegos de azar en línea, un hombre de la contabilidad y otro de la limpieza. “Al final, todos son responsables del mal, pero nadie se siente culpable porque la estafa se fragmenta”.
Promesas vacías
Las víctimas son atraídas con la promesa de un trabajo bien remunerado, pero al llegar se enfrentan a una trampa. “Les dicen: te pagaré mil dólares al mes si consigo ganar diez mil. Un objetivo inalcanzable. Para sobrevivir, muchos se endeudan con sus empleadores, entrando en un círculo vicioso del que es difícil escapar. A quienes no pagan sus deudas, les confiscan el pasaporte y se les niega el salario, recibiendo apenas lo suficiente para subsistir”.
La libertad a un precio elevado
Aquellos que intentan recuperar su libertad se ven obligados a buscar un reemplazo entre sus conocidos, a menudo engañados con falsas promesas: “Hemos escuchado historias de mujeres que envían fotos sugerentes a sus amigas desde la playa, invitándolas a unirse a ellas en un supuesto trabajo fantástico”.
El compromiso de la Iglesia
Durante tres años, la Iglesia local ha brindado apoyo pastoral a los trabajadores de estos centros. Cáritas gestiona un centro de acogida para quienes logran escapar o son liberados por la policía y repatriados a sus países de origen. Las Hermanas de la Caridad, las Adoratrices y las Hermanas del Buen Pastor ofrecen asistencia práctica, psicológica y espiritual. Además, existen asociaciones protestantes con las que colaboran los católicos para la defensa, el apoyo y la promoción legal.
Un fenómeno en expansión
Este fenómeno, que también está vinculado a delitos como la pornografía infantil y la pederastia, genera enormes cantidades de dinero que no se vieron afectadas ni siquiera por la crisis turística y las sanciones económicas. En 2025, recuerda el padre Conquer, “el sistema continuó funcionando sin consecuencias”.
La expansión del flagelo en Asia
El misionero está convencido de que este problema se está extendiendo por toda Asia: “Ahora, muchas de estas instalaciones, que blanquean dinero de las mafias de todo el mundo, también se están trasladando a Sri Lanka. Ya no se limita al llamado Triángulo de Oro: Laos, Camboya y Myanmar. Las mafias tienen tanto poder económico que utilizarán todos los medios para obligar a los gobiernos más débiles a permitir la instalación de estos centros de corrupción”.

