Los gatos domésticos nunca han sido tan comunes en nuestros hogares. Sin embargo, detrás de la aparente variedad de razas ofrecidas por los criadores, persiste una realidad poco conocida: más del 90% de los gatos en el mundo no se corresponden con ningún estándar oficial. Y entre las líneas de sangre identificadas, solo unas pocas pueden reclamar orígenes moldeados por la naturaleza. Su historia, entre la selección ambiental y la intervención humana, revela cómo las nociones de raza y naturalidad se entrelazan, llegando incluso a confundirse.
Una domesticación más reciente de lo que imaginamos
Durante milenios, los gatos evolucionaron junto a los humanos sin ser modificados intencionalmente. No fue hasta el siglo XIX cuando surgió la idea misma de la raza felina, impulsada por criadores europeos fascinados por ciertas características físicas. Según un estudio publicado en Animal Genetics en 2012, más del 85% de las razas felinas vieron la luz en los últimos 75 años. Su creación a menudo se basa en la selección de unos pocos genes de gran impacto visual (color del pelaje, longitud del pelo, forma de las orejas), lo que hace que su genealogía sea tanto reciente como muy específica.
Este fenómeno contrasta con el observado en los perros, cuya diversidad racial es más antigua y funcional. En el caso de los gatos, el aspecto estético es primordial, y las líneas puras siguen siendo marginales. Hoy en día, solo el 10% de los gatos pertenecería a una raza definida, según estimaciones de AZ Animals.
Lo que la genética define como una raza de gato natural
Sin embargo, algunas líneas felinas emergieron mucho antes de que los humanos se interesaran por categorizarlas. Estas razas, llamadas naturales, se formaron a partir de poblaciones locales aisladas, sometidas a limitaciones ambientales específicas. Por ejemplo, el clima riguroso del oeste de Rusia favoreció la aparición de gatos robustos con un pelaje denso, los antepasados del gato siberiano. Por otro lado, en las regiones cálidas y húmedas del sudeste asiático, surgieron gatos de cuerpo esbelto, pelaje corto y orejas prominentes, como los que dieron origen al abisinio.
Sarah Hartwell, fundadora del sitio Messybeast y especialista en genética felina, cree que estas líneas naturales podrían considerarse un eslabón entre la especie salvaje y la raza doméstica. El fenómeno del aislamiento geográfico, combinado con el azar genético, a veces condujo a la fijación de mutaciones raras. Este es el caso de la isla de Man, donde una anomalía que provoca la ausencia de cola se propagó en una población restringida, dando origen a la línea de los Manx. Sin embargo, esta particularidad se acompaña de malformaciones vertebrales, lo que ilustra bien los límites de la evolución en un entorno cerrado.
Cuando la selección humana difumina las fronteras de lo natural
Si bien las razas de gatos naturales encuentran su origen en entornos específicos, los criadores influyeron rápidamente en su evolución una vez que las integraron en programas de selección. A menudo fijaron, o incluso acentuaron, sus características originales mediante una selección voluntaria. Esto es lo que hicieron, por ejemplo, con el Maine Coon, cuyo gran tamaño, mandíbula cuadrada y dedos adicionales (polidactilia) seducen desde el siglo XIX. Sin embargo, los criadores estabilizaron estos rasgos de forma artificial, a veces en detrimento de la diversidad genética.
Según la genetista Leslie Lyons, especialista en medicina veterinaria en la Universidad de Missouri, la presión de selección impuesta por los criadores durante el siglo XX ha borrado en gran medida las limitaciones naturales que habían moldeado estas líneas. En una entrevista concedida a LiveScience, recuerda que incluso las razas originarias de entornos naturales están ahora sujetas a un estricto control genético, a menudo incompatible con su adaptación original.
Algunos intentos buscan reintroducir la variabilidad genética, como en el caso del gato siberiano, cuyos criadores integran regularmente individuos errantes de su región natal. Pero otras líneas, como el Russian Blue, se han cruzado con razas extranjeras (especialmente el Siamés después de la Segunda Guerra Mundial), perdiendo gradualmente su perfil genético original.
A medida que evoluciona la demanda, la noción misma de raza natural se vuelve borrosa. Entre la nostalgia de un origen salvaje y la estandarización por parte del hombre, el gato de raza navega hoy en una zona gris donde lo natural es más un mito que una realidad evolutiva.
