Las hipotecas, en esencia, comparten características con los contratos de arrendamiento. La principal distinción radica en el grado de control directo que el titular tiene sobre la propiedad. Esta diferencia fundamental puede presentar tanto ventajas como desventajas para el propietario.
Si bien ambos acuerdos implican el uso de una propiedad a cambio de pagos periódicos, la hipoteca confiere al comprador un nivel de autonomía y derechos de propiedad que no se encuentran en un contrato de alquiler tradicional. No obstante, esta mayor potestad también conlleva responsabilidades adicionales, como los costos de mantenimiento y los impuestos prediales.
La naturaleza dual de esta dinámica – el poder de control frente a las obligaciones inherentes – define la complejidad de las hipotecas como instrumento financiero y de adquisición de vivienda.
