Las imágenes de agentes de la policía de inmigración estadounidense, ICE, realizando arrestos bruscos de inmigrantes indocumentados en las calles o en sus lugares de trabajo, incluso en estados que se oponen a estas tácticas; la resistencia de manifestantes decididos a defenderlos; y la difícil situación de estos inmigrantes que han construido una vida en Estados Unidos, pero que son devueltos a países que abandonaron hace décadas, con el riesgo de separarse de sus familias: todos estos hechos evocan otra crisis de la democracia estadounidense, la que generó la “Ley de Esclavos Fugitivos” de 1850.
No se trata de equiparar la situación actual de los inmigrantes indocumentados con la de los esclavos fugitivos del siglo XIX –el estatus de cada grupo es diferente, al igual que la historia de su presencia en Estados Unidos–. Más bien, se busca señalar los puntos en común y los paralelismos entre las experiencias de ambos, y, en términos generales, destacar las similitudes entre dos crisis importantes de la democracia estadounidense, la que sacude al país hoy en día y la que lo incendió hasta el inicio de la Guerra de Secesión en 1861. Esta comparación arroja luz sobre el papel paradójico de un Estado federal que, como señaló la novelista estadounidense Toni Morrison [1931-2019], “autoriza el caos para defender el orden”. Efectivamente, desde principios del siglo XIX, se libraron intensas batallas por la libertad en Estados Unidos, mientras la nación se debatía sobre la cuestión de la esclavitud.
Los inmigrantes indocumentados de hoy, aterrorizados ante la idea de ser arrestados y deportados abruptamente, evitan salir de sus hogares para no ser detectados por ICE; de manera similar, los afroamericanos fugitivos temían ser recapturados, incluso en el Norte. A modo de explicación: en el siglo XIX, las fugas de esclavos, que se remontan a la época colonial, se multiplicaron tras la independencia de Estados Unidos (1776), en la medida en que los estados del norte abolieron gradualmente la esclavitud a partir de esa fecha. Los esclavos del sur podían, por lo tanto, encontrar refugio allí, aunque de forma limitada.
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