La competencia internacional se ha vuelto cada vez más desleal, marcada por aranceles, subsidios masivos y restricciones a la exportación. Si no se toman medidas, Europa corre el riesgo de convertirse en una mera línea de ensamblaje para otros países, limitándose a tareas menores como el atornillado de piezas, mientras la producción real se traslada a otros lugares.
Europa no tiene otra opción que reaccionar ante esta situación. Mientras Estados Unidos impulsa su política de “Compre Americano” y China defiende su “Hecho en China”, surge la pregunta de por qué Europa no puede adoptar un enfoque similar de “Hecho en Europa”.
Aunque la idea es atractiva en principio, su implementación se complica rápidamente. El proteccionismo no forma parte del ADN europeo, sino más bien lo contrario. Para algunos estados cuya economía depende en gran medida del comercio internacional, una preferencia por la producción europea se percibe como una amenaza.
Sin embargo, crisis recientes como la pandemia de Covid-19 o la guerra en Ucrania han supuesto un punto de inflexión. Ahora se reconoce claramente que, sin acero, no hay defensa; sin semiconductores, no hay transición verde ni digital; y sin una industria farmacéutica sólida, no hay vacunas, mascarillas, ni siquiera aspirina.
El principal problema radica en el costo de la soberanía, que resulta ser más elevado que el de la producción en China. Además, existe una contradicción entre la defensa de la preferencia europea y la voluntad de firmar acuerdos comerciales con todo el mundo. El desafío más importante, sin embargo, es la dependencia de las materias primas. Europa apenas controla ninguna materia prima estratégica, tal como recordó esta semana el Tribunal de Cuentas de la Unión Europea, advirtiendo que sin recursos estratégicos, la autonomía sigue siendo un mero eslogan.
