El investigador francés Laurent Vinatier fue liberado el 8 de enero tras ser indultado por el presidente ruso Vladimir Putin, en un intercambio que incluyó al jugador de baloncesto ruso Daniil Kasatkin, según informó Sudouest. Vinatier, especialista en el espacio postsoviético, asegura que “se ha cerrado una página” y no tiene intención de regresar a Rusia, país con el que mantiene “una larga historia”.
Antes de su encarcelamiento, Vinatier admitió sentir una “especie de fascinación romántica” por Rusia, una sensación que atribuye a una tradición cultural francesa que se remonta a Voltaire y Diderot. Casado con una ciudadana rusa y de habla rusa, fue detenido el 6 de junio de 2024 en Moscú, acusado de no haberse registrado como agente extranjero. “No me lo podía creer”, relató, recordando que ya había sido interrogado en el pasado sin consecuencias.
Vinatier insiste en que el cargo es infundado, ya que desconocía la obligación de registrarse al no trabajar en Rusia. En el momento de su arresto, se encontraba en una misión de diez días para una ONG suiza dedicada a la mediación en conflictos fuera de los canales diplomáticos oficiales.
Celda VIP
El investigador había sido convocado para organizar una conferencia con investigadores internacionales sobre el uso de la inteligencia artificial en conflictos. Cuatro días antes de su partida, fue encarcelado en Moscú y trasladado a prisión en una jaula sin asiento. Inicialmente, esperaba ser puesto bajo arresto domiciliario, pero permaneció diez meses en el centro de detención número 7.
Con el tiempo, Vinatier comprendió que se encontraba en una celda “VIP”. Compartía espacio con otros 14 detenidos, aunque reconoció la existencia de “una interacción social” a pesar de las evidentes dinámicas de poder. Las jornadas transcurrían con juegos como el dominó o el ajedrez, “para integrarse socialmente”.
“Participábamos en la vida de la celda, la limpieza. Comprábamos en la tienda… té, pastelitos, chocolate. Y luego leíamos. Escribí y leí tanto como pude”, relató. En definitiva, sus días tenían “un ritmo muy marcado”.
Sin embargo, también tuvo que afrontar una estafa por parte de un abogado que logró sustraerle un millón de rublos (más de 11.200 euros al tipo de cambio actual) a él y a su esposa.
Condiciones “terribles”
Tras el juicio de apelación, la situación empeoró drásticamente. Vinatier fue trasladado a un centro de detención de tránsito con vistas a su internamiento en una colonia penitenciaria, ubicada en Tula, a 200 kilómetros al sur de Moscú.
Las condiciones allí eran “terribles”. “Nunca podría haberlo imaginado. No había libros. Los baños eran agujeros. Todo estaba sucio. No había descarga de agua. Apenas corría agua. Obviamente, no había agua caliente. No se podía hervir agua. No había nada”, describió.
Permaneció allí durante 15 días, tiempo durante el cual supo que se iniciaba una nueva investigación, esta vez por espionaje. Mientras se organizaba su regreso a Moscú, fue ingresado en el hospital de la prisión. “No estaba solo en el hospital, pero sí en una habitación individual. Y sentí que ya estaba bajo la influencia del FSB”, el servicio de inteligencia ruso.
“Allí tuve mucho miedo. Creí que iba a morir. Creí que me iban a hacer experimentos”, recordó. Durante las comidas, evitaba tomar la bandeja que le ofrecían por temor a ser envenenado. Tuvo que presenciar el sufrimiento de otros reclusos en estado terminal.
En la noche del 10 de mayo de 2025, se enteró de que sería trasladado a la prisión del FSB en Moscú. Un nuevo revés, que significó “un aislamiento total”. Las condiciones de higiene eran normales, “pero es el confinamiento. Es el encierro real”, afirmó. Solo salía al patio durante un máximo de una hora, en un espacio deteriorado. En la celda, las ventanas no se abrían, “excepto una en la parte superior”.
Extrema vulnerabilidad
Las relaciones con los guardias eran “más severas, más autoritarias”, con “más presión y gritos”. En relación con las acusaciones de espionaje, Vinatier recordó haber pensado que el FSB no encontraría nada, ya que eran infundadas. Sin embargo, el miedo era omnipresente.
“Temía que inventaran pruebas. Todo era posible. […] Siento una extrema vulnerabilidad”, explicó, con la sensación de no poder respirar. “Los interrogatorios transcurrían bien. No era como en las películas, con torturas físicas o sin luz”.
“Eran interrogatorios normales. Pero es todo lo que hay fuera de los interrogatorios lo que da miedo. Todo lo que no dicen. Todo lo que insinúan. Las amenazas veladas. Quince o veinte años de prisión. […] Son esos mensajes subliminales […] los que estimulan mi imaginación en el mal sentido”.
Además, se vio obligado a proporcionar una muestra de su ADN. “El ADN es como las huellas dactilares. Te dices que va a ser una prueba. Pueden usar cualquier cosa. Estuviste allí porque encontraron tu ADN”.
