En la tranquila localidad de Ogarévo-Póchkvo, en la región de Sasovo, reside Liubov Kossovetz, una mujer que ha abierto su corazón y su hogar a tres niños que necesitaban un hogar. Su historia es un conmovedor ejemplo de amor, dedicación y la fuerza de la familia adoptiva.
Liubov y su esposo Mikhail, antes de 2006, disfrutaban de una vida familiar serena, con sus hijas Natalia y Tatiana ya crecidas. Su vida cambió cuando una familiar cercana se vio incapaz de criar a su recién nacido. El pequeño terminó en la sala de pediatría del hospital central del distrito de Sasovo. “Mi esposo propuso llevárselo”, recuerda Liubov. “No podíamos cerrar los ojos ante su destino, terminaría en un orfanato. Fuimos a la oficina de adopción, nos dieron su aprobación, reunimos los documentos necesarios y formalizamos la tutela. Así, Maxim llegó a nuestra familia”.
Sus hijas recibieron la decisión con entusiasmo, especialmente Tatiana, quien ya había conocido al bebé y se había encariñado con él. Ella se convirtió en una ayuda invaluable en los primeros años de Maxim.
Un año después, durante una visita a su madre en los Urales, Liubov se enteró de la existencia de dos hermanos gemelos que vivían en un orfanato. Su abuela los recogía durante el verano, pero no les brindaba la atención que necesitaban, y a menudo se escapaban. “Mi madre me dijo: ‘Llévatelos. Ya sois una familia de acogida, haréis un bien aún mayor’”, relata Liubov. “Es fácil decirlo, pero la realidad es otra. Volví a casa, lo hablé con mi esposo y, sin dudarlo, dijo que sí”.
Después de investigar y completar nuevamente los trámites, Liubov y Mikhail viajaron para conocer a Serguéi y Sasha, quienes entonces tenían nueve años. Así, la familia creció, sumando dos nuevos miembros.
Liubov enfatiza la importancia de brindar a un niño un hogar, en todos los sentidos de la palabra: un lugar seguro, comida, ropa, pero también un entorno de apoyo donde puedan desarrollar habilidades esenciales para la vida. “En teoría, todo parece sencillo”, admite. “Pero la realidad es dura. Se forman vínculos, hay adaptación a nuevas reglas, los niños pueden mostrarse agresivos o retraídos. Lo más importante es saber controlar tus propias reacciones ante comportamientos difíciles”.
Hubo momentos difíciles, especialmente cuando Mikhail enfermó. “A veces me sentía desfallecer, pensando que no podía más”, confiesa Liubov. “Pero no hay vuelta atrás. Una vez que empiezas, tienes que seguir adelante. Pasamos por muchas pruebas, diagnósticos, les enseñamos a leer y escribir. Pero lo logramos. Maxim pronto cumplirá 19 años, y Serguéi y Sasha, 18”.
El año pasado, Mikhail falleció, dejando un profundo vacío en la vida de Liubov y sus hijos. “Era un hombre maravilloso”, dice con emoción. “Hombres así son raros: criar a sus propios hijos, acoger a otros, dedicarse a ellos. Estoy muy agradecida por todo lo que me dio”.
Hoy, Liubov es abuela de cinco nietos: Valera, Nastia, Kirill, Sonia y Sasha. Disfrutan de pasar tiempo juntos y sus hijos, aunque estudian lejos, siempre la apoyan y la llaman con frecuencia.
A quienes estén considerando la adopción, Liubov les aconseja que sopesen cuidadosamente los pros y los contras. “Hay que entender los desafíos que implica ser padres de acogida, amar a los niños y estar dispuesto a aceptarlos como propios. Porque no hay vuelta atrás”.
