En cada conversación sobre la maternidad, hay algo más que consejos o anécdotas; se transmite una herencia emocional de generación en generación, a veces a través de palabras, otras a través de gestos y, con frecuencia, a través de silencios. Heredamos no solo las formas de cuidar, sino también las maneras de callar, de resistir, de amar y de temer. Las experiencias de maternidad se heredan, pero también los silencios.
Desde la psicología perinatal, sabemos que la maternidad no se limita a la relación con el bebé, sino que implica una profunda transformación tanto a nivel de identidad como emocional. Estudios sobre apego intergeneracional y memoria transgeneracional demuestran cómo las vivencias, los miedos y las creencias de las generaciones anteriores influyen en la forma en que las mujeres experimentan su propia maternidad. Cada mujer, consciente o no, navega entre lo heredado y lo elegido.
En los últimos años, como investigadora en este campo, he escuchado a cientos de mujeres compartir sus experiencias durante el embarazo, el parto y el posparto. En estas conversaciones emergen risas, cansancio, ternura, culpa y una sutil tensión, la que se presenta entre mujeres que se quieren, pero que a veces tienen dificultades para comprenderse mutuamente.
La mirada observadora de tías, suegras y abuelas
Muchas madres recientes me comentan que se sienten observadas por las mujeres de su entorno: madres, tías, suegras, abuelas… Mujeres que también han cuidado y que hicieron lo mejor que pudieron con los recursos que tenían. Sin embargo, sus consejos a menudo suenan más a juicios que a apoyo.
En entrevistas de investigación y en el ámbito clínico, estas observaciones se manifiestan con frecuencia a través de frases como:
“Antes comíamos de todo durante el embarazo y no pasaba nada”. “Antes bañábamos a los niños todos los días”. “Antes no había tantas complicaciones con la alimentación”. “Nosotras no teníamos tiempo para esas cosas”. “Con tanta información en internet, se les olvida el instinto”…
Estas expresiones, aparentemente cotidianas, no siempre se dicen con mala intención, pero pueden ser dolorosas. Revelan la idea de que la forma actual de vivir la maternidad debe ser justificada, defendida o explicada, como si cada decisión requiriera demostrar su validez.
Maternidad intensiva: la búsqueda de madres infalibles
La socióloga Sharon Hays definió hace tres décadas este fenómeno como “maternidad intensiva”, una forma de crianza en la que se espera que las madres sean emocionalmente disponibles, estén bien informadas y sean casi infalibles. Esta exigencia cultural se combina con los juicios intergeneracionales y refuerza la sensación de estar constantemente siendo evaluadas.
Paradójicamente, en el pasado también existían redes de apoyo, pero muchas de ellas eran silenciosas. Mujeres que acompañaban, sostenían, pero también callaban. Callaban el miedo, el dolor y la tristeza, porque no había espacio para hablar de la maternidad desde la vulnerabilidad. Quizás por eso, cuando hoy las madres expresan su necesidad de espacio o de calma, las generaciones anteriores a veces no saben cómo acompañarlas sin repetir el patrón del consejo o la corrección.
Algunas madres me han contado que han tenido que pedir que no haya familiares en la sala de espera del paritorio o que las primeras visitas esperen unos días, no porque no deseen compañía, sino porque necesitan intimidad, silencio y reconocimiento. Sin embargo, esta petición a menudo se interpreta como un rechazo. “Nosotras también parimos y no nos quejamos”, responden algunas. Y sí, ellas también lo hicieron, pero muchas veces sin ser escuchadas, sin poder elegir, sin poder detenerse.
La maternidad actual, en cambio, busca un espacio donde el cuerpo y la palabra se encuentren, donde cada decisión (comer o no ciertos alimentos, elegir epidural o parto natural, amamantar o no, destetar o continuar) pueda tomarse desde la libertad, no desde el miedo al juicio. Porque la maternidad no es una competencia entre generaciones, sino un diálogo que aún está aprendiendo a expresarse.
Frases que dejan una marca profunda
Incluso la lactancia, que debería ser un momento íntimo y sereno, a menudo se convierte en un tema de debate. “Tu leche no le llena y por eso llora tanto”. “Dale un biberón para que duerma mejor”. “Ya es mayor para seguir amamantando”.
Son frases que parecen pequeñas, pero dejan una huella. Socavan la confianza, generan culpa y cuestionan el vínculo. Detrás de cada decisión hay una mujer que siente, duda y sostiene con su cuerpo y su mente, buscando hacer lo mejor posible, aunque a veces el entorno solo sepa decirle cómo debería hacerlo.
Hoy en día, desde la psicología, sabemos que la validación emocional y la escucha activa son factores protectores contra la depresión posparto y el aislamiento materno. Acompañar sin juzgar no solo alivia, sino que también previene el sufrimiento psicológico y fortalece el bienestar del vínculo madre-bebé.
Quizás ha llegado el momento de romper esta cadena de juicios heredados, de sustituir el “antes se hacía así” por un “cuéntame cómo lo haces tú”, de pasar del consejo automático a la escucha auténtica. Acompañar no es enseñar, es estar presente, ofrecer empatía sin corrección y aceptar que cada mujer, cada historia y cada época tienen su propio lenguaje.
Las investigaciones sobre la transmisión emocional intergeneracional sugieren que los silencios también se heredan: no solo a través de relatos explícitos sobre la maternidad, sino también mediante una transmisión emocional implícita, expresada a través de gestos, climas afectivos y emociones no dichas.
Las heridas que una generación no pudo nombrar, a menudo son sentidas por la siguiente sin comprender por qué. Por eso, cuando una mujer pide calma, busca silencio o defiende su forma de cuidar, no está rechazando a nadie, sino intentando escucharse a sí misma, aprendiendo a cuidar desde un lugar más consciente, más propio y más en paz.
Agradecer la historia que nos ha traído hasta aquí, con sus luces y sus sombras, es una forma de reconciliarnos, de honrar a quienes nos precedieron sin cargar con sus silencios, de entender que no necesitamos tener razón para acompañarnos, solo respeto para mirarnos sin juicio.
Porque en cada generación hay una mujer que cuida, que sostiene y que aprende a hacerlo de nuevo, a su manera. Y cada vez que una de nosotras se atreve a hablar (a poner palabras donde antes hubo silencio), está tejiendo un puente entre el pasado y el futuro, un puente construido con escucha, ternura y presencia.
