En enero de 2021, la publicación de La Familia grande, de Camille Kouchner, desató un movimiento sin precedentes en Francia: #MeTooInceste. Fue como abrir una puerta a un mundo silenciado, revelando la magnitud de un problema que muchos desconocían. Esta apertura permitió que decenas de miles de víctimas denunciaran públicamente los abusos sufridos en la infancia, abusos que habían guardado en secreto durante años. Un momento crucial donde la vergüenza dio paso a la escucha, la comprensión y la solidaridad de una nación que, lamentablemente, no había logrado proteger a sus hijos.
#MeTooInceste representó una ola de liberación de la palabra y una nueva forma de escuchar. Surgió la esperanza de que, finalmente, se rompería el tabú del incesto, impulsando a la sociedad a una profunda reflexión, al Estado a abandonar la negación institucional y a cada familia a cuestionar las dinámicas de poder, dominación y silencio que puedan existir en su seno.
Efectivamente, #MeTooInceste impulsó avances significativos. El trabajo de la comisión independiente sobre el incesto y las violencias sexuales contra niños (Ciivise) brindó un espacio de escucha a decenas de miles de víctimas y generó una primera toma de conciencia sobre sus experiencias y necesidades. Por primera vez, se midió y cuantificó la magnitud del incesto en Francia a través de estudios inéditos. Los datos obtenidos, como los del sondeo Ispos para la asociación Face à l’inceste en 2023, se han convertido en una referencia constante en el debate público: un 11% de los franceses y francesas declara haber sufrido alguna forma de abuso incestuoso (violación, agresión sexual, exhibicionismo), lo que equivale a tres niños por clase.
Actores institucionales y asociaciones han propuesto medidas concretas para combatir el incesto y las violencias sexuales contra menores. Este movimiento marcó el inicio de un cambio de paradigma y de una promesa del presidente de la República, Emmanuel Macron, a las víctimas: “Os creemos, no estaréis nunca más solas.”
