Nuestros cuerpos se están convirtiendo en reservorios de microplásticos. Lo que comenzó como un material prometedor, hoy representa una crisis global. En un contexto donde predomina la cultura del “usar y tirar”, surge una pregunta crucial: ¿cómo podemos protegernos y cuál es el impacto real del plástico en nuestra salud?
Durante décadas, el plástico se asoció al progreso, consolidándose como un material esencial en la sociedad. Sin embargo, su versatilidad y bajo costo han desencadenado una de las crisis sanitarias y ecológicas más graves del siglo XXI. Al no degradarse, sino fragmentarse, este material ha penetrado en los ecosistemas y, finalmente, en el organismo humano.
Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), los microplásticos (menores a 5 mm) y los nanoplásticos (menores a 1 micrómetro) provienen de la descomposición de envases, fibras textiles, cosméticos y neumáticos. Su reducido tamaño les permite dispersarse por el aire y el agua, infiltrándose en todo lo que consumimos. Investigaciones lideradas por la Dra. Desiree LaBeaud en Stanford advierten que estas partículas tardan entre 20 y 500 años en desaparecer, fragmentándose en partículas microscópicas que permanecen en el cuerpo.
Estudios de la Harvard School of Public Health confirman la presencia de partículas de plástico en la sangre, la placenta e incluso el cerebro, sugiriendo una posible relación con inflamación crónica, daño genético y trastornos neurológicos. En México, donde el consumo de plásticos de un solo uso es elevado, el desafío actual no es confirmar la exposición, sino mitigar sus consecuencias.
La era del plástico se inició en 1907, revolucionando la industria con materiales como el nylon y el poliéster. Su bajo costo fomentó una cultura de descarte, ignorando las advertencias científicas de la década de 1970.
No fue hasta 2004 cuando el biólogo Richard Thompson acuñó el término “microplásticos“, revelando una crisis en constante crecimiento: la producción mundial pasó de 234 millones de toneladas en el año 2000 a 435 millones en 2020, y se proyecta un aumento del 70% para 2040. Esta exposición crónica se produce a través de la ingestión y la inhalación, detectándose ya en pulmones, hígado, leche materna y tejidos reproductivos, un hecho que a menudo pasa desapercibido en nuestra vida diaria.
El sistema alimentario actual es la principal vía de exposición: los alimentos ultraprocesados, altamente manipulados y envasados, contienen más contaminantes que los alimentos frescos. Científicos de la Universidad de Nebraska-Lincoln, en la revista Environmental Science & Technology, demostraron que calentar recipientes de plástico, incluso los utilizados para bebés, libera hasta 4.22 millones de microplásticos y mil millones de nanoplásticos por centímetro cuadrado.
Estos hallazgos, junto con estudios de Harvard School of Public Health, confirman que la liberación masiva de plástico causa daños irreversibles debido al contacto prolongado con nuestros alimentos.
Un dato alarmante, publicado en Nature Medicine, indica que el cerebro humano puede albergar concentraciones significativas de estas partículas, especialmente en personas con demencia. Aunque la relación causal aún se investiga, se sabe que el plástico puede atravesar la barrera hematoencefálica y alterar la expresión genética celular.
La evidencia científica actualizada en 2024 señala que esta contaminación contribuye al estrés oxidativo, las alteraciones hormonales y la genotoxicidad, aumentando el riesgo de enfermedades cardiovasculares y cáncer. Además, según la Endocrine Society, representa un peligro crítico durante el embarazo al interferir con el desarrollo embrionario a través de la placenta.
¿Qué podemos hacer ante esta realidad?
- Si bien la solución definitiva requiere cambios estructurales y regulaciones, es fundamental tomar precauciones mediante acciones concretas:
- Evitar calentar alimentos en recipientes de plástico.
- Utilizar envases de vidrio o acero inoxidable.
- Limitar el consumo de alimentos ultraprocesados y enlatados.
- Priorizar alimentos frescos, locales y de temporada.
- Usar ropa de fibras naturales y reducir el lavado de textiles sintéticos.
- Evitar cosméticos con microperlas plásticas.
Estas acciones pueden disminuir la carga tóxica diaria en nuestro organismo, pero deben complementarse con esfuerzos colectivos: apoyar sistemas de reutilización y venta a granel, promover la devolución de envases, participar en iniciativas sociales locales e impulsar negocios con un compromiso ambiental que prioricen procesos sostenibles para proteger tanto el ecosistema como la salud.
En México, este compromiso es urgente. Como uno de los mayores consumidores de plásticos de un solo uso, el país enfrenta desafíos críticos en la gestión de residuos y la protección de sus ecosistemas. Por ello, fortalecer la Ley General para la Prevención y Gestión Integral de los Residuos es una necesidad crucial para la salud pública, con el fin de proteger nuestra biodiversidad y calidad de vida frente a la silenciosa infiltración de los microplásticos.
En conclusión, es fundamental reconocer que la contaminación por microplásticos es una amenaza silenciosa que exige una postura preventiva inmediata. Aunque sus efectos a largo plazo aún se están estudiando, la evidencia actual justifica acciones urgentes por parte de gobiernos, industrias y ciudadanos.
Reducir nuestra exposición y dependencia sistémica del plástico no es solo una elección personal, sino un desafío social. Más que aceptar esta “dieta del siglo XXI”, la verdadera pregunta es: ¿seremos capaces de frenar esta carga tóxica antes de que las consecuencias en nuestra salud sean irreversibles?
