Desde su lanzamiento en 1993, el videojuego Doom se ha convertido en un benchmark informal para cualquier nueva tecnología: si algo puede ejecutarlo, se considera un ordenador funcional. Ahora, un experimento científico ha llevado esa idea a un territorio inexplorado. Un grupo de investigadores ha logrado que unas 200.000 neuronas humanas cultivadas sobre un microchip aprendan a interactuar con el juego, lo que representa uno de los ejemplos más singulares de computación biológica.
Cómo se ha logrado que neuronas humanas cultivadas en un chip aprendan a jugar a Doom
La clave de este experimento reside en un campo emergente conocido como computación biológica: una línea de investigación que explora cómo utilizar neuronas reales cultivadas en laboratorio conectadas a microchips capaces de enviar y recibir impulsos eléctricos. El resultado es un sistema híbrido en el que el hardware tradicional actúa como interfaz mientras que las neuronas procesan estímulos y generan respuestas, un modelo que algunos investigadores consideran un complemento o incluso alternativa parcial a la inteligencia artificial convencional.
Para demostrar las capacidades de este sistema, los investigadores recurrieron a Doom, un videojuego de disparos de 1993 que desde hace años se usa como prueba informal para comprobar de lo que es capaz un dispositivo informático. En este caso, el título se adaptó para que las imágenes y eventos del juego se tradujeran en señales eléctricas enviadas al cultivo de neuronas, mientras que la actividad eléctrica que generaban se interpretaba como acciones dentro del propio juego. Aunque el sistema está todavía muy lejos del rendimiento de un jugador humano, el experimento demostró que las neuronas pueden responder a los estímulos y aprender patrones básicos de interacción como disparar a los enemigos, validando el concepto de usar redes neuronales biológicas como parte de sistemas computacionales experimentales.
Este estudio no es una mera extravagancia biotecnológica. los investigadores señalan que este tipo de sistemas podrían tener aplicaciones prácticas en un futuro no muy lejano. La computación biológica puede servir para estudiar cómo aprenden y se adaptan las redes neuronales en entornos controlados, lo que ayudaría a mejorar tanto los modelos de inteligencia artificial como la investigación neurológica. Sin embargo, estos avances también abren un debate ético incipiente: aunque los cultivos contienen neuronas humanas aisladas que carecen de conciencia o percepción —no es un cerebro “vivo”—, algunos expertos advierten de que el desarrollo de sistemas híbridos cada vez más complejos plantea nuevas preguntas sobre los límites y la regulación de esta tecnología emergente.
En cualquier caso, el experimento deja una imagen difícil de ignorar: células humanas vivas interactuando con un videojuego creado hace más de tres décadas. Lo que durante años fue un simple meme tecnológico —comprobar si algo puede ejecutar Doom— se ha convertido ahora en una curiosa demostración científica de hasta dónde puede llegar la convergencia entre biología y computación. Aún estamos lejos de crear ordenadores con componentes clave compuestos íntegramente de tejido vivo, pero trabajos como este apuntan a un futuro en el que las fronteras entre cerebro y máquina podrían ser mucho más difusas de lo que imaginamos.
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El fenómeno Doom también llego a Super Nintendo gracias a un laborioso trabajo de conversión y al uso del chip Super FX. Aunque llegó con casi todos los niveles y enemigos, la versión tenía diferentes y curiosas limitaciones como la de que los enemigos siempre miraran al jugador ya que la consola no podía mostrar las rotaciones en pantalla.
