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No tener hijos: la paz de una decisión consciente

by Editora de Entretenimiento

“Qué agradecida estoy de no haber tenido hijos. Sería una madre terrible. Ahora tengo la edad suficiente para saberlo”, confiesa una escritora en un reciente artículo que ha resonado con muchas. La autora reflexiona sobre cómo, en el pasado, asumió que tendría hijos, incluso se preguntó si debería tenerlos, y llegó a temer arrepentirse de no hacerlo. Hoy, se siente aliviada de haber elegido un camino diferente.

Las razones para su decisión, explica, han evolucionado con el tiempo. Inicialmente, factores como su estado sentimental, preocupaciones económicas, consideraciones biológicas, el miedo a perder su autonomía y la falta de un instinto maternal fuerte jugaron un papel importante. Sin embargo, lo que más influye en su convicción es la certeza de que no estaría a la altura de las circunstancias.

La escritora se cuestiona cómo los padres no se preocupan constantemente por la posibilidad de “crear monstruos”, transmitir traumas generacionales o dañar la salud mental de sus hijos, con consecuencias que podrían requerir años de terapia. Reconoce que, probablemente, los padres que lean esto estarán demasiado ocupados lidiando con el caos diario – como la repentina llegada de las vacaciones de mitad de curso o una nueva infestación de piojos – como para detenerse a pensar en ello.

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Lo que sí observa es la preocupación constante de las madres, especialmente aquellas que crían a hijos varones. La responsabilidad de educar a sus hijos para que no perpetúen el ciclo de misoginia social le parece una de las mayores cargas que una mujer puede asumir en 2026. Una amiga estima que dedica un tercio de su capacidad mental a esta tarea. Otra teme perder la comunicación abierta con su hijo a medida que crece, pero confía en que modelar el comportamiento que desea ver en él lo guiará por el camino correcto.

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La autora destaca el esfuerzo que se está realizando para cambiar la narrativa que culpa a las mujeres por su vestimenta o por caminar solas por la noche, y para responsabilizar a los hombres por los actos de violencia contra las mujeres. Sin embargo, este cambio requiere un enorme trabajo emocional por parte de las madres, que buscan criar hijos amables, empáticos, respetuosos y que prioricen el consentimiento.

Muchas madres de niños expresan incluso el deseo de tener un hijo LGBTQI+, no como una forma de asegurar su compañía, sino con la esperanza de que un hijo con esta orientación pueda mostrar mayor empatía hacia los demás. La autora enfatiza que no se trata de generalizar, pero que los padres conscientes reconocen que existen comportamientos problemáticos en algunos niños y hombres, y que el trabajo para corregirlos comienza en casa.

Hay padres brillantes también. Y los padres son muy importantes, pero en mi vida son las madres a las que presto más atención. Son las madres las que asumen la carga emocional.

En una publicación reciente en Instagram, la psicóloga estadounidense Dra. Colleen Reichmann elogió a las madres por su dedicación, afirmando que “sus futuras parejas les agradecerán más adelante. Pero, en realidad, es un regalo tan grande para nuestros hijos como para cualquier otra persona”. Un detalle importante, subraya la autora, ya que no se trata de limitar a los niños para que las niñas y mujeres puedan destacar, sino de criar adultos más felices y decentes.

Las madres mileniales, añade, son la primera generación en criar hijos en un mundo completamente digital, en una era posterior al #MeToo y en un contexto marcado por figuras como Andrew Tate. Viven con el temor constante a las redes sociales, al acceso a pornografía violenta y misógina, y a la imposibilidad de proteger completamente a sus hijos.

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“Hay padres brillantes también. Y los padres son muy importantes, pero en mi vida son las madres a las que presto más atención. Son las madres las que asumen la carga emocional, la preocupación, la redirección. Son las madres a las que los niños pequeños están obsesionados, a las que quieren casarse, con cuyo juego ensordecen. Las admiro. Y me alegro de que no sea yo”, concluye la autora.

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