En apenas 24 horas, el mercado petrolero global ha experimentado una transición abrupta, pasando de un pánico histórico a un alivio casi eufórico. El lunes, el barril de Brent –la referencia europea– alcanzó los 120 dólares, su nivel más alto desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, sugiriendo un preludio de una posible recesión impulsada por las tensiones en Oriente Medio. Sin embargo, este miércoles el crudo ha caído en picado, situándose por debajo de los 90 dólares.
Este cambio no se debe a la firma de ningún tratado de paz en Ginebra, ni a la retirada de tropas, ni a la reapertura de rutas comerciales marítimas. La fluctuación se atribuye a las declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien aseguró a la cadena CBS News que la guerra con Irán estaba “prácticamente completa” y prometió que el conflicto terminaría “muy pronto”. Esta declaración, por sí sola, ha provocado un descenso en los precios.
La especulación como motor del mercado. Los acontecimientos recientes ponen de manifiesto el estado actual de los mercados financieros, que operan basándose en la especulación inmediata y no en la realidad física. Según analistas citados por el Financial Times, esta reacción bursátil se conoce como Taco trade (acrónimo de Trump always chickens out, o “Trump siempre se acobarda”). Los inversores no creen en una resolución real del conflicto, sino que asumen que Trump necesita reducir el precio de la gasolina a toda costa para evitar un revés en las elecciones legislativas.
Para forzar esta bajada de precios en los mercados, la Casa Blanca ha recurrido a medidas drásticas. Trump ha sugerido la posibilidad de levantar temporalmente las sanciones petroleras a algunos países, incluyendo a Rusia, e incluso el G7 ha considerado la liberación de reservas estratégicas de emergencia. El mercado financiero reaccionó positivamente a estos anuncios, pero la situación real es muy diferente.
Escepticismo ante el optimismo bursátil. Es lógico abordar esta caída de precios con cautela. Si bien la gráfica del Brent puede descender en las pantallas de los inversores, el problema logístico subyacente persiste. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) advierte que la amenaza es real y palpable:
- El principal cuello de botella logístico: El Estrecho de Ormuz permanece bloqueado, retirando 20 millones de barriles diarios del mercado.
- El peligro físico: Lanchas rápidas, minas navales y drones iraníes impiden la navegación de los buques petroleros.
- Colapso en tierra firme: La imposibilidad de sacar los barcos a navegar ha llenado los tanques de almacenamiento en tierra, obligando al cierre de pozos.
Además, la supuesta paz unilateral anunciada por Trump contradice la postura de Teherán. Según informa Financial Times, la Guardia Revolucionaria de Irán afirma que sus fuerzas armadas “están esperando a la Marina de EEUU”. Como señala el analista Kurt Cobb en Oilprice, Irán considera la supervivencia de su régimen como la victoria, por lo que un cese de hostilidades negociado es, por el momento, improbable.
El efecto “cohete y pluma” en los precios al consumidor. Aquí es donde la macroeconomía impacta en el bolsillo de los ciudadanos. Independientemente de la caída del barril de Brent en los mercados internacionales, es poco probable que se refleje inmediatamente en los precios de la gasolina. Como explicaba recientemente mi compañero Alberto de la Torre en Xataka, el mercado de los carburantes experimenta un efecto particular:
- Subidas rápidas: Cuando la cadena de suministro se ve afectada, los precios se disparan rápidamente. Las gasolineras suben los precios de forma preventiva para cubrir los costes futuros, independientemente del impacto inmediato del Brent.
- Bajadas lentas: Cuando el barril baja en bolsa, las reducciones en el surtidor se prolongan durante semanas o meses. Existe poca flexibilidad, cautela ante una posible escalada del conflicto y resistencia a bajar los precios al mismo ritmo que subieron.
El diésel es el combustible más afectado por esta crisis, con subidas de hasta 20 céntimos por litro en España en una sola semana. Europa arrastra un problema estructural: la pérdida de Rusia como proveedor, la reducción de la capacidad de refinería y un déficit estructural. Además, la demanda de diésel es más inelástica; mientras que los conductores de turismos pueden optar por el transporte público, los transportistas, agricultores y la industria deben seguir repostando, independientemente del coste.
La incredulidad de la industria petrolera. La falta de confianza en esta “paz exprés” se extiende incluso a los magnates del petróleo. En un artículo publicado en Oilprice, Dan Doyle, empresario del sector del fracking estadounidense, confiesa que la industria del esquisto no se cree este repunte. A pesar de que el precio ha superado los 100 dólares, las empresas petroleras no están contratando más plataformas de perforación ni lanzando grandes campañas de extracción. Son conscientes de que los “beneficios rápidos de la guerra se disiparán” y prefieren mantener una disciplina financiera estricta.
The Conversation recuerda que Estados Unidos es menos vulnerable a los shocks petroleros debido a sus exportaciones, pero el impacto psicológico de ver subir los precios en las gasolineras sigue afectando la confianza del consumidor a nivel global.
Subidas rápidas, bajadas lentas. Hoy, las bolsas mundiales han cerrado en positivo. Los inversores han confiado en el optimismo transmitido en una rueda de prensa en Florida, y los algoritmos han ajustado el precio del Brent a la baja. Sin embargo, la geografía sigue siendo inflexible. Los grandes petroleros permanecen anclados, las aseguradoras marítimas siguen preocupadas y los pozos en Oriente Medio siguen cerrados por falta de espacio.
Mañana, al acercarse a la gasolinera, el panel de precios le recordará la regla de oro del mercado energético actual: en tiempos de incertidumbre geopolítica, las bajadas son lentas y graduales, mientras que las subidas son rápidas y abruptas.
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