Tras la conclusión del primer trimestre del año, muchas empresas centran su atención primordialmente en los resultados inmediatos: ventas, rentabilidad y flujos de caja. Este periodo pone de manifiesto una tensión fundamental entre los objetivos a corto plazo y la dirección a largo plazo, ya que las decisiones que ayudan a alcanzar un mejor resultado hoy no siempre generan valor para el futuro.
Paulius Atkočiūnas, director del Departamento de Clientes Empresariales de Swedbank, plantea una interrogante clave sobre cómo asegurar que, al perseguir las metas trimestrales, no se pierda la competitividad a largo plazo ni la dirección clara del desarrollo de la empresa.
La complementariedad entre la gestión trimestral y la estrategia
Aunque el plan trimestral y la estrategia a largo plazo puedan parecer modelos de gestión inconexos, en realidad responden a preguntas distintas que se complementan entre sí.

Los objetivos trimestrales permiten gestionar la actividad de manera operativa, estableciendo tareas concretas, evaluando resultados y garantizando la estabilidad financiera. Por otro lado, la estrategia a largo plazo responde a la pregunta de dónde desea estar la empresa en un plazo de 5 a 10 años, definiendo qué valor creará, en qué mercados operará y cuáles serán sus diferencias respecto a la competencia.
Los riesgos de la falta de equilibrio
La dependencia exclusiva de metas a corto plazo, sin el respaldo de una estrategia, puede proporcionar los resultados deseados de forma rápida. No obstante, a largo plazo, este enfoque debilita la competitividad de la organización y sus posibilidades de crecimiento.
Inversamente, contar únicamente con una estrategia no es suficiente; sin metas intermedias y un control financiero, existe el riesgo de que esta no llegue a implementarse.
En la práctica, los problemas más significativos no surgen necesariamente por elegir una de las dos direcciones, sino cuando no se logra coordinar ambas orientaciones o cuando existe una ausencia total de un sistema de planificación claro.
