El diagnóstico rápido y preciso del sepsis sigue siendo un gran desafío en la medicina de urgencia. Un nuevo estudio revela que el uso de una herramienta clínica basada en un biomarcador específico podría reducir la mortalidad entre pacientes con sospecha de sepsis, sin alterar el tiempo de inicio del tratamiento antibiótico.
El sepsis es una reacción sistémica grave del organismo a una infección, que puede progresar rápidamente a disfunción múltiple de órganos y muerte. En Inglaterra, esta afección es responsable de aproximadamente 48.000 muertes anuales.
El diagnóstico es difícil, ya que los síntomas pueden ser similares a los de enfermedades no infecciosas y, actualmente, no existe una prueba diagnóstica definitiva. Esta incertidumbre conduce tanto al sobrediagnóstico como al subdiagnóstico.
Un tratamiento tardío puede tener consecuencias graves. Los antibióticos deben administrarse rápidamente en casos confirmados, pero su uso innecesario contribuye al aumento de la resistencia antimicrobiana. Al mismo tiempo, un diagnóstico erróneo puede retrasar la identificación y el tratamiento de la causa real de la enfermedad.
Médicos de Liverpool, junto con investigadores del Centro para Estudios Clínicos (Center for Trials Research) de la Universidad de Cardiff, evaluaron la eficacia de una prueba rápida para el diagnóstico precoz del sepsis.
El estudio, publicado el domingo en la revista The Lancet Respiratory Medicine, analizó el uso de un algoritmo clínico guiado por procalcitonina.
La procalcitonina es un biomarcador que aumenta en las infecciones bacterianas y puede orientar la decisión de administrar antibióticos. Aunque este tipo de herramienta no se recomienda actualmente en urgencias, debido a los resultados inconclusos de investigaciones anteriores, el equipo probó su eficacia en un estudio controlado a gran escala.
El estudio incluyó a 7.667 pacientes que acudieron a los servicios de urgencias con sospecha de sepsis.
Los investigadores evaluaron si la integración de esta prueba rápida en la práctica médica habitual podría mejorar la precisión del diagnóstico, reducir el uso innecesario de antibióticos y mantener la seguridad de los pacientes, medida por la mortalidad total.
Los resultados mostraron una reducción relativa de la mortalidad del 17%, del 16,6% al 13,6%, lo que significa que, por cada 1.000 pacientes tratados por sospecha de sepsis, se podrían salvar aproximadamente 31 vidas.
El beneficio fue más pronunciado en pacientes de comunidades desfavorecidas, un aspecto relevante en el contexto de las desigualdades ya documentadas en la evolución del sepsis.
Sin embargo, el estudio demostró que el uso del algoritmo basado en procalcitonina no influyó en la velocidad de administración de antibióticos intravenosos. Este resultado contradice la hipótesis inicial de los investigadores y representa un hallazgo importante, ya que el tiempo de inicio del tratamiento fue uno de los objetivos principales del análisis.
Los investigadores esperaban que el uso de la prueba condujera a una administración más rápida de los antibióticos. El estudio mostró, sin embargo, que la velocidad de inicio del tratamiento fue la misma, independientemente de si los médicos utilizaron o no la herramienta, lo que es relevante ya que este aspecto se había establecido como objetivo principal de la investigación.
Los autores señalan que los resultados respaldan el uso de pruebas rápidas para la detección temprana del sepsis y destacan la necesidad de seguir desarrollando biomarcadores e instrumentos de decisión clínica que apoyen a los médicos en la elección del tratamiento.
El sepsis sigue siendo una causa importante de mortalidad, pero existen herramientas que pueden contribuir a reducir su impacto. El estudio proporciona datos importantes para su uso en la práctica y abre nuevas vías para futuras investigaciones. La integración de estos métodos en los sistemas de salud dependerá de la clarificación de los mecanismos por los que producen beneficios, de las evaluaciones económicas y de la implementación de modelos sólidos de aplicación en la práctica.
El estudio fue realizado por equipos de la University of Liverpool y NHS University Hospitals of Liverpool Group, en colaboración con especialistas de 20 hospitales de urgencias de Inglaterra y Gales.
