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Sold Out Ficticios: La Inflación del Éxito en la Música en Vivo

by Editora de Entretenimiento

En España, la percepción de un concierto “agotado” es cada vez más cuestionable. Más que una realidad, el sold out se ha convertido en una herramienta de marketing dentro de la industria musical. El Movistar Arena de Madrid (antes WiZink centre) es un claro ejemplo de esta tendencia, operando como un espacio modular con capacidad variable, desde poco más de 3.500 hasta 17.000 espectadores. Javier Domínguez, conocido como Ferrara, promotor y programador, explica que se busca proyectar una imagen de crecimiento constante, a menudo sin que se corresponda con la realidad del artista.

Anunciar un concierto con entradas agotadas en un recinto de referencia sirve como argumento para festivales, programadores y promotores, incluso cuando la viabilidad económica del evento es incierta. Ferrara recuerda una situación en la sala Joy Eslava, donde, con capacidad para 900 personas, se vendieron 270 entradas y se completó con 600 invitados, declarando un sold out. Esta práctica, lejos de ser aislada, es recurrente en un mercado donde la imagen de éxito es tan importante como la asistencia real.

La expansión de los festivales, con entre 900 y 1.000 celebrados en España en 2025, ha transformado la forma en que se remunera a los artistas. A diferencia de los conciertos en salas, donde la venta de entradas es clave, en los festivales los músicos reciben un caché fijo. En este contexto, un cartel de “entradas agotadas”, verídico o no, se convierte en un activo negociable para aumentar el caché en futuros eventos.

Juan Santaner, director de Industrias Bala, señala que existe un límite a esta inflación de precios. Considera razonable que un grupo cobre 3.000 euros en una sala y 6.000 en un festival, debido a los ingresos adicionales de barras y patrocinios, pero rechaza la idea de cobrar 30.000 euros en un festival por el mismo caché de sala. Santaner advierte que algunos han triplicado los cachés sin un crecimiento proporcional del artista.

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Esta dinámica afecta especialmente a festivales pequeños y medianos. David Cuerdo, director del festival Prestoso, con un aforo de 1.500 personas, señala que su festival sería “como mucho, el córner más pequeño dentro de un macrofestival”. Cuerdo también destaca el centralismo del sector, mencionando el caso de una banda que llenó La Riviera en Madrid pero solo atrajo a 17 personas a su concierto en Oviedo, solicitando posteriormente 10.000 euros para actuar en Prestoso. Ferrara añade que el número de oyentes mensuales no siempre se traduce en venta de entradas, equiparando a un artista urbano con 200.000-300.000 oyentes con una banda de rock con 30.000-40.000.

Festivales como Observatorio, con un aforo reducido y deliberado, también se ven afectados. Sus organizadores, Hannah Olmedilla, Jaime Torrego e Iván Dueñas, explican que, aunque a veces los artistas están dispuestos a reducir su caché a cambio de otros beneficios, como mayor visibilidad dentro de un nicho específico. Desde Prestoso coinciden en que un grupo que sería telonero en un macrofestival puede ser cabeza de cartel en un evento más pequeño.

En 2022, el festival Observatorio estuvo a punto de cancelar su edición por falta de venta de entradas, lo que les obligó a lanzar un comunicado público. Admiten que la celebración del sold out, aunque a menudo sea ficticio, es común, pero rara vez se reconoce lo contrario.

Presión por el éxito

Todos los entrevistados coinciden en que la inflación de cachés va acompañada de una creciente presión por aparentar éxito. Ferrara afirma que vivimos en una “cultura de la venta de éxito constante”, lo que lleva a los artistas a buscar aforos mayores. Bego, vocalista y líder de la banda Monteperdido, relata cómo la industria le afectó psicológicamente y cómo la presión por el éxito la llevó a abandonar el proyecto. Describe una situación en la que se vio obligada a camuflar el último concierto de la banda en Madrid para no poner en riesgo su participación en otros festivales.

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El uso del sold out ficticio como herramienta de legitimación distorsiona la percepción del éxito, tensiona la fijación de cachés y desplaza el riesgo hacia los márgenes más frágiles del sector. La distancia entre la narrativa y la realidad afecta tanto a la economía de salas y festivales como a la sostenibilidad de los proyectos artísticos.

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