John Bishop, el comediante británico, recuerda con cariño el primer chiste que contó como aspirante a humorista. Fue una noche entre semana en Mánchester, en octubre de 2000, y la audiencia se componía de unas seis o siete personas, quizás.
Bishop, que en aquel entonces trabajaba como director de ventas de productos farmacéuticos, se había apuntado a una noche de micrófono abierto en el club de comedia Frog and Bucket.
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