En Dinamarca, uno de los países más avanzados en la transición energética, la expansión de las grandes plantas solares se está convirtiendo en un tema cada vez más divisivo, especialmente en las zonas rurales. En los últimos años, la energía fotovoltaica ha crecido rápidamente: la cuota de energía solar en la producción eléctrica danesa ha pasado del 4% en 2021 al 13% en 2025. Pero esta aceleración ha abierto un frente de conflicto en varios territorios, donde una parte de la población se opone a la instalación de paneles en terrenos agrícolas. Varios medios europeos informan sobre esto hoy, incluido el británico The Guardian.
La crítica se centra principalmente en el impacto paisajístico. En algunas zonas del país, pequeños pueblos y casas aisladas se han visto rodeados por vastas extensiones de paneles, que se han convertido en el símbolo de una transición percibida como impuesta desde arriba. Los opositores hablan de campos agrícolas transformados en áreas industriales, con efectos en el valor de las propiedades y la identidad del paisaje rural. El tema también ha entrado con fuerza en el debate político nacional. La líder de los Demócratas de Dinamarca, Inger Støjberg, ha resumido esta línea con un eslogan que se ha convertido en central en la campaña: «Sí a los campos de trigo, no a los campos de hierro». El término jernmarker (“campos de hierro”) incluso fue elegido palabra danesa del año, lo que confirma la importancia que ha alcanzado la polémica.
Se han reducido los proyectos energéticos
La protesta ya ha tenido efectos concretos. Algunos municipios han detenido o reducido proyectos energéticos que incluían grandes plantas solares. En Køge, en enero, se canceló un parque de energías renovables en Vallø. En Viborg, el consejo municipal bloqueó una planta prevista en Iglsø y aprobó solo los componentes eólico y de biogás de otro proyecto. Incluso en Samsø, una isla conocida por ser una de las primeras del mundo alimentadas íntegramente por fuentes renovables, se rechazó un plan para un parque solar. En el municipio de Ringkøbing-Skjern, considerado el corazón del solar danés, el apoyo a nuevas instalaciones ha disminuido. Aquí, el tema también se interpreta como un choque entre la ciudad y el campo: por un lado, los objetivos nacionales de la transición verde, y por otro, las comunidades locales que creen que deben soportar los costes más visibles.
El punto central es que en Dinamarca la contestación no se refiere en general a las energías renovables. El país sigue produciendo alrededor del 90% de la electricidad a partir de fuentes renovables y sigue siendo uno de los más ambiciosos de Europa en materia climática. El problema radica principalmente en dónde ubicar las instalaciones y cuánto espacio asignar a la energía solar en tierra. Según la asociación danesa de energía solar, los paneles ocupan una cuota muy limitada de los terrenos agrícolas, alrededor del 0,2%, mientras que aproximadamente un tercio de la capacidad instalada se encuentra en los tejados. Pero este dato no ha detenido las protestas locales, alimentadas también por las imágenes de casas rodeadas por los instalaciones, que se han difundido ampliamente en el debate público. El caso danés muestra así una nueva fase de la transición energética europea: ya no solo la confrontación entre los partidarios y los detractores de las energías renovables, sino una discusión cada vez más concreta sobre la ubicación, el consenso social y el impacto en el territorio.
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