El primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, ha desatado una polémica en el mundo digital con un anuncio que podría cambiar la infancia de miles de jóvenes en el país: el Gobierno planea prohibir el acceso a las redes sociales para menores de 16 años, una medida que entraría en vigor en 2027. La iniciativa, presentada como una forma de proteger a los niños de los algoritmos y las pantallas, ha generado tanto apoyo como críticas en un debate que trasciende fronteras.
Una infancia sin algoritmos: la apuesta noruega
Støre justificó la propuesta con un argumento contundente: *»Queremos una infancia en la que los niños sean niños. Los juegos, el día a día y la amistad no deben ser controlados por algoritmos y pantallas»*. La ley, que será presentada en el Parlamento antes de finales de este año, establece que la restricción se levantará automáticamente el 1 de enero del año en que los jóvenes cumplan 16 años.
Lo más llamativo del plan es que la responsabilidad de verificar la edad de los usuarios recaerá sobre las propias plataformas tecnológicas. *»Los niños y los jóvenes no deben tener en solitario la responsabilidad de no acceder a plataformas que no pueden usar. Esa responsabilidad descansa en las empresas que ofrecen esos servicios. Deben asegurar una verificación de edad real y cumplir la ley desde el primer día»*, insistió el mandatario.
Noruega sigue el ejemplo de otros países, pero con un giro
La medida noruega no es un caso aislado. En los últimos meses, países como España, Italia, Grecia, Dinamarca, Eslovenia y Francia han explorado prohibiciones similares, inspirados en la ley pionera aprobada en Australia en 2024. Sin embargo, el modelo escandinavo destaca por su enfoque en la edad de levantamiento de la restricción —los 16 años— y por delegar la verificación en las empresas, un detalle que podría generar tensiones con gigantes como Meta, Google o TikTok.
Mientras el debate legislativo avanza, una pregunta flota en el aire: ¿logrará Noruega imponer su visión sin chocar con los intereses de las plataformas? La respuesta podría definir no solo el futuro digital de su juventud, sino también el de otros países que observan con atención este experimento social.
