El envejecimiento humano no es un proceso lineal, sino que presenta dos fases biológicas clave a los 44 y 60 años, según un estudio publicado en la revista Nature Aging. Estas etapas, identificadas por científicos de la Universidad de Stanford y el Instituto Broad del MIT, marcan cambios profundos en el metabolismo, la regeneración celular y la vulnerabilidad a enfermedades, alterando la forma en que el cuerpo envejece.
¿Por qué estos años son puntos de inflexión?
Los investigadores analizaron datos de más de 100.000 personas y descubrieron que alrededor de los 44 años comienza una primera fase de transición, caracterizada por un acelerado deterioro en la función de los telómeros —estructuras protectoras en los extremos de los cromosomas— y un aumento en la inflamación crónica. Según el estudio, este cambio coincide con un mayor riesgo de desarrollar condiciones como diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares.
La segunda fase crítica ocurre cerca de los 60 años, cuando el cuerpo experimenta una caída más pronunciada en la capacidad de regeneración celular y un aumento en la acumulación de proteínas dañadas, como las asociadas a enfermedades neurodegenerativas. «Estos hallazgos sugieren que el envejecimiento no es un declive gradual, sino un proceso con etapas definidas que podrían ser objetivos para intervenciones médicas», explicó el coautor del estudio, Dr. Tony Wyss-Coray, experto en biología del envejecimiento.
¿Qué cambios biológicos ocurren en estas etapas?
El estudio detalla que a los 44 años, el cuerpo muestra un aumento en la resistencia a la insulina —un factor clave en el desarrollo de la diabetes— y una reducción en la diversidad microbiana intestinal, lo que afecta la salud metabólica. Según los datos, este período también se asocia con un incremento en los niveles de marcadores inflamatorios como la proteína C reactiva.
En cambio, a los 60 años, el enfoque se desplaza hacia la acumulación de proteínas mal plegadas, un proceso vinculado al Alzheimer y otras demencias. «La acumulación de estas proteínas es un sello distintivo de esta segunda fase», señala el estudio, que destaca cómo el sistema de degradación celular —como la autofagia— se vuelve menos eficiente con la edad.
Nota del estudio: Los hallazgos se basan en análisis de datos de biobancos y estudios longitudinales, pero los autores advierten que se necesitan más investigaciones para confirmar si estas fases son universales o varían según factores genéticos o ambientales.
¿Cómo podrían estos hallazgos cambiar la medicina preventiva?
Los investigadores proponen que identificar estas etapas podría permitir el desarrollo de intervenciones más precisas. Por ejemplo, terapias dirigidas a preservar la función de los telómeros podrían ser más efectivas en personas de 40 a 50 años, mientras que estrategias para mejorar la autofagia podrían ser clave después de los 60.
El Dr. Steve Horvath, otro de los autores, sugirió en una entrevista que estos descubrimientos podrían redefinir la cronología del envejecimiento: «Ya no hablamos de ‘años de vida’, sino de ‘años de salud’. Entender estas fases nos acerca a personalizar tratamientos para retrasar o mitigar el deterioro biológico».
Sin embargo, expertos consultados por Nature señalan que aún falta validar si estas edades son exactas en todas las poblaciones o si existen diferencias según el género, la genética o el estilo de vida.
¿Qué dice la ciencia sobre el envejecimiento «no cronológico»?
El estudio contrasta con investigaciones previas que consideraban el envejecimiento como un proceso continuo. Por ejemplo, un trabajo publicado en Cell en 2022 identificó un «punto de inflexión» alrededor de los 34 años, basado en cambios en la actividad metabólica. Según el Dr. David Sinclair, autor de ese estudio, las diferencias en las edades clave podrían deberse a metodologías distintas o a avances en la tecnología de secuenciación.

Mientras tanto, el equipo de Stanford y el MIT insiste en que sus hallazgos se basan en un análisis más amplio de datos biométricos, lo que les da mayor robustez estadística.
Para los lectores, esto plantea una pregunta clave: ¿podría la medicina del futuro usar estos datos para ofrecer recomendaciones personalizadas? Los autores del estudio son cautelosos, pero abren la puerta a que, en el futuro, pruebas de sangre o análisis genéticos podrían ayudar a determinar en qué fase de envejecimiento se encuentra una persona y qué estrategias preventivas serían más efectivas.
Fuentes: Estudio publicado en Nature Aging (2023), declaraciones de los Dres. Tony Wyss-Coray y Steve Horvath, y análisis comparativo con investigación previa en Cell.

