Hace un año, en esta misma sección, advertía sobre la inminencia de tiempos turbulentos. La realidad, tal como se ha desarrollado en el último año, ha superado con creces cualquier predicción. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha desmantelado las convenciones en las relaciones internacionales, ya debilitadas por la invasión rusa de Ucrania y el conflicto israelí en Gaza.
Trump ha ido eliminando progresivamente cualquier obstáculo. En una reciente entrevista concedida al New York Times, reafirmó su desprecio por las obligaciones del derecho internacional, declarando que su única brújula moral es su propia “moralidad”. En una misiva dirigida al primer ministro noruego, en relación con Groenlandia, Trump enfatizó que, al no haber recibido el Premio Nobel de la Paz por parte de Noruega, ya no se siente obligado a “buscar solo la paz”.
El año 2025 ha marcado el desmantelamiento del orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial, reemplazado por un orden de corte imperial, definido por la voluntad de un solo hombre.
¿Cómo definir este nuevo orden? Paso a paso, Trump ha construido una estructura cuyas ramificaciones descubrimos día a día. Un ejemplo claro es su rechazo a las alianzas y a los lazos tradicionales de amistad de Estados Unidos. La situación de Groenlandia, donde ha provocado un conflicto entre estados de la OTAN, otrora un pilar de la política estadounidense, es un caso paradigmático. El Reino Unido ha constatado que su “relación especial” con Estados Unidos ha perdido gran parte de su valor, mientras que Europa sufre el desprecio constante de la administración estadounidense. Un anticipo de esta situación se observó el pasado febrero con el discurso pronunciado por el vicepresidente JD Vance en Múnich.
Otro elemento clave es la doctrina Monroe, o “Donroe” –una combinación de Monroe y Donald–, que se basa en la restauración de la hegemonía de Washington sobre el hemisferio occidental y se simbolizó con el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro en su palacio de Caracas. El presidente brasileño Lula escribió en el New York Times que “este hemisferio pertenece a todos nosotros”, pero Trump ignora esta advertencia.
La arrogancia del presidente estadounidense crece a medida que acumula éxitos. Trump impone aranceles y amenazas de bombardeo a su antojo. Trata con desdén a los supuestos amigos de Estados Unidos, lo que supone un trauma para los europeos que intentaron halagarlo. Sin embargo, muestra deferencia hacia aquellos que considera sus iguales, los otros “hombres fuertes” del planeta.
Vladimir Putin, buscado por crímenes contra la humanidad, ha sido invitado recientemente a formar parte del futuro “consejo de paz” encargado de supervisar la implementación del plan de Trump para Gaza. El presidente ruso no esperaba tal gesto, al igual que se sorprendió al ser recibido con una alfombra roja en Alaska, mientras que Volodymyr Zelenskyj fue humillado en la Casa Blanca.
El único contrapeso al poder de Trump reside en China, la otra superpotencia del siglo XXI. No obstante, podría surgir otro límite: la capacidad del resto del mundo para decir “no”, tarde o temprano, a una autoproclamada hegemonía estadounidense. Esta es la principal lección que nos deja este año de intensas turbulencias globales.
