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Cómics: De la quema a la censura en EEUU

by Editora de Entretenimiento marzo 17, 2026
written by Editora de Entretenimiento

En 1948, el crítico teatral estadounidense John Mason Brown lanzó una contundente afirmación: “Los cómics son la marihuana de la guardería, la pesadilla de la cuna, el horror del hogar, la maldición de los niños y una amenaza para el futuro”. Brown no fue el único en expresar su preocupación; escritores como Sterling North ya habían alertado sobre el impacto cultural de estas publicaciones en la infancia. Incluso J. Edgar Hoover, director del FBI, se sumó a las críticas.

Las décadas de 1930 y 1940 marcaron la edad de oro del cómic, con el surgimiento de historietas de superhéroes, terror, ciencia ficción y aventuras que definirían la industria. En una época sin televisión ni videojuegos, los cómics eran una fuente principal de entretenimiento para millones de niños estadounidenses. A finales de la Segunda Guerra Mundial, las ventas mensuales alcanzaban cifras millonarias, impulsadas por editoriales como National Comics Publications (precursora de DC Comics), Timely (Marvel) y Entertaining Comics (EC).

Iglesias, escuelas y grupos cívicos reaccionaron con alarma ante esta avalancha de publicaciones, organizando quemas públicas de cómics como un acto simbólico de purificación moral.

Muchas de estas publicaciones contenían representaciones gráficas de violencia, crimen y relaciones consideradas inapropiadas para la época, lo que provocó la indignación de los defensores de la moral. Iglesias, escuelas y grupos cívicos organizaron quemas públicas de cómics, donde niños y padres participaban en la destrucción de ejemplares como una forma de purgar pecados. Revistas de terror como The Haunt of Fear o Tales from the Crypt, títulos de suspense y detectives como Shock Suspense Stories, e incluso cómics de superhéroes, donde personajes como Batman o Superman a veces recurrían a la justicia por mano propia, se convirtieron en blanco de estas acciones.

La histeria se alimentó del sensacionalismo de los medios de comunicación, que asociaban el consumo de cómics con la delincuencia juvenil. Algunas investigaciones forenses de la época sugerían que la adicción a estas revistas contribuía a comportamientos criminales en niños, e incluso un juez de Chicago ordenó mantener a los menores alejados de cómics y películas de gánsteres.

A pesar de un informe negativo encargado por el Congreso de Padres y Maestros de California a la Universidad de Stanford, que no encontró relación entre los cómics y la criminalidad, el clima era propicio para la propagación de la quema de cómics por todo el país.

En 1954, el psiquiatra neoyorquino Frederic Wertham publicó La seducción del inocente: la influencia del cómic en la juventud actual, donde argumentaba que los cómics llevaban a los jóvenes a la delincuencia y la desviación a través del horror, la violencia y el sexo. Wertham llegó a afirmar que Batman y Robin representaban un ideal homosexual, que Wonder Woman era una figura lesbiana sadomasoquista, y que los cómics convertían a niños de clase media en criminales y maníacos sexuales. Añadió casos concretos de jóvenes aficionados a los cómics que habían cometido delitos.

Estas afirmaciones fueron cuestionadas por David Wigransky, un joven de 14 años que publicó una carta en la Saturday Review of Literature argumentando que, si los veinte delincuentes mencionados por Wertham habían cometido sus crímenes por leer cómics, los otros 70 millones de lectores eran probablemente niños sanos y felices por la misma razón.

Una investigación del Senado concluyó que los cómics contribuían al aumento de la delincuencia juvenil, basándose en audiencias públicas que propagaron la percepción de una amenaza para la infancia. William Gaines, responsable de EC Comics, fue uno de los testigos y su reputación quedó dañada. Autores, guionistas y dibujantes se vieron obligados a ocultar su profesión, ya que trabajar en la industria del cómic se consideraba tan marginal como trabajar en la industria pornográfica.

Ante esta situación, los editores de cómics decidieron autocensurarse y crear un organismo que controlara las publicaciones, evitando su prohibición o destrucción.

Los editores de cómics, siguiendo el ejemplo de los ejecutivos de Hollywood, optaron por la autocensura y crearon la Comics Code Authority de la Asociación de Revistas de Cómic de Estados Unidos. Este código prohibía el uso de palabras como “terror” en los títulos, la representación glamorosa de los villanos, desnudos, vampiros, fantasmas, y exigía que la autoridad fuera siempre respetable y que el bien triunfara sobre el mal. Las revistas que cumplieran con el código recibirían un sello de aprobación.

Tras la adopción del código, más de 800 dibujantes perdieron su empleo y el mercado se redujo de 650 a 250 títulos. Las revistas se orientaron exclusivamente a un público infantil, con historias de superhéroes planos, personajes insulsos y adaptaciones de series de televisión.

Stan Lee, creador de Spider-Man, Los 4 Fantásticos y Thor, relató que la Autoridad le prohibió publicar un número contra las drogas, una iniciativa del Departamento de Educación para la Salud y Bienestar, por incluir la palabra “droga” en el texto.

Con el tiempo, el debate sobre la peligrosidad de los cómics se atenuó. En los años 60 surgieron revistas underground asociadas al movimiento hippie, que exploraban temas como la sexualidad, el consumo de drogas, la política y la religión con un tratamiento explícito. A principios de la década de 1970, revistas en blanco y negro como Creepy y Eerie revitalizaron el género de terror y suspense.

En 1971, el Código relajó algunas restricciones sobre crímenes y terror, aunque mantuvo la prohibición de las palabras “horror” y “terror” en los títulos. Se flexibilizaron los estándares sobre el sexo gráfico y se permitió la aparición de vampiros, demonios y hombres lobo, siempre que se trataran según la tradición clásica.

A finales de los años 80, pocas editoriales pertenecían a la Asociación Americana de Revistas de Cómics. Marvel abandonó el Código en 2001, adoptando su propio sistema de clasificación. En 2011, tras la salida de DC y Archie Comics, la Comics Code Authority desapareció.

Hoy en día, los cómics ya no se queman y el Código es cosa del pasado, pero la censura persiste en ciertos sectores conservadores de la sociedad estadounidense. En los últimos años, obras como Maus, de Art Spiegelman, This One Summer, de Tamaki, Gender Queer, de Kobabe, Persépolis, de Satrapi, y Blankets, de Thompson, han sido prohibidas por juntas escolares por contenido considerado inapropiado.

La censura también ha afectado a publicaciones en otros países. En España, la Audiencia Nacional prohibió en 2007 la venta de un número de El Jueves por “injurias a la corona”, y en 2014, la revista se autocensuró para evitar problemas similares.

marzo 17, 2026 0 comments
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Entretenimiento

Los Invisibles: El Cómic Anárquico de Grant Morrison

Grant Morrison: Anarquía y Contracultura en ‘Los Invisibles’

‘Los Invisibles’: Reedición del Cómic de Culto de Morrison

King Mob y el Anarquismo en ‘Los Invisibles’

‘Los Invisibles’: 30 Años de Rebeldía en Cómic

by Editora de Entretenimiento marzo 4, 2026
written by Editora de Entretenimiento

El guionista de cómics escocés Grant Morrison creó entre 1994 y 2000 Los Invisibles, una serie de superhéroes que destaca por ser profundamente personal e inclasificable. A pesar de haber trabajado en títulos como La Liga de la Justicia, X-Men, Batman o All-Star Superman –que inspiró la reciente película de James Gunn–, esta obra sigue siendo la más representativa de su visión del arte, la vida y el anarquismo.

Este enero, la colección ha sido reeditada por segunda vez en España, con un ligero retraso en la celebración de su 30 aniversario. Esta nueva edición forma parte del primer proyecto en el que los derechos de la editorial DC están en manos de Panini, quienes ya han puesto a la venta el primer de al menos cinco volúmenes que recopilan las 12 entregas iniciales de los 59 números que componen la serie original.

Publicada bajo el sello Vertigo de DC, reservado para propuestas más rupturistas que no encajaban en el universo de Batman y Superman, Los Invisibles narra la historia de un grupo de rebeldes, el Colegio Invisible, que a través del viaje en el tiempo, el kung-fu, la meditación y la magia del caos, se enfrenta a la Iglesia Exterior, una entidad formada por monstruos “gnósticos” de otra dimensión que esclavizan a la mayor parte de la humanidad a través del control simbólico.

Según Lewis Call, historiador, filósofo posanarquista y estudioso de la obra de Morrison, “Estados Unidos está actualmente gobernado por una banda viciosa de pedófilos fascistas nihilistas. Realmente se parece a la Iglesia Exterior. El Partido Demócrata no puede salvarnos de algo así. ¡Necesitamos al Colegio Invisible!”.

‘Los Invisibles’, de Grant Morrison y Steve Yeowell, un cóctel molotov contra el conformismo

‘Los Invisibles’ de Grant Morrison, un cóctel molotov contra el conformismo. Imagen cortesía de Panini.

Morrison desarrolló en su ensayo Supergods (Tuner, 2012) cómo la serie y el personaje de King Mob fueron un ejercicio para crear un “traje de ficción” con el que explorar la conexión entre el mundo de las ideas y la vida real. Según el autor, en cada personaje se mezclaba una parte de sí mismo y de personas que conocía: “Dane McGowan, el joven amante del street punk destinado a convertirse en un bodhisattva, era el cínico de la clase trabajadora que seguía teniéndome bajo control; King Mob era el mago del caos artístico y con gusto en el vestir; Ragged Robin representaba mi alma sensible; Lord Fanny mi disfraz de bruja travesti indomable; y Boy era la voz de la razón, práctica y pragmática, que se aseguraba de que pagase religiosamente las facturas y los impuestos y diese de comer a los gatos”.

Morrison toma el nombre de King Mob, protagonista y alter ego, de un grupo de artistas situacionistas londinenses de los años 60 y 70 que publicaban la revista King Mob Echo. El término puede traducirse como “rey de la mafia”, una jerga para un capo criminal, o literalmente como “rey multitud”. El propio Morrison considera que la estética de Los Invisibles anticipó la película Matrix (2000), otra distopía antisistema de ciencia ficción con una lectura queer explícita.

Contracultura y años 90

Para Call, la relevancia de Los Invisibles es incluso mayor hoy que en su momento de publicación: “En los 90 todavía era posible creer que el capitalismo podía ser contenido por la ley. Ahora los capitalistas pueden hacer lo que quieran sin temor a consecuencias legales”. El Colegio Invisible, según explica, “desarrolló un modelo postsituacionista de acción directa táctica que ha resultado muy útil en el primer cuarto del siglo XXI. Los héroes de Los Invisibles utilizaron el espectáculo con fines revolucionarios”.

Los héroes de Morrison son expertos en el ‘détournement’, una táctica situacionista que consiste en “remezclar símbolos visuales del mainstream para darles un significado político radicalmente diferente”, señala el filósofo Lewis Call.

Call señala que esta táctica se refleja hoy en la cultura del meme en línea y en la capacidad de algunos activistas para subvertir la imaginería reaccionaria, o en los ciudadanos de Mineápolis que grabaron las acciones del ICE de Trump, a quienes considera “espectadores emancipados” según la teoría postsituacionista de Jacques Rancière.

Diego Salgado y Elisa McCausland, analistas culturales y colaboradores de El Salto, añaden que una obra con la cita “es el fin del mundo tal y como lo conocemos” es especialmente vigente en un presente marcado por la incertidumbre. Recuerdan que en Los Invisibles se afirma que “hemos creado dioses y carceleros porque nos sentíamos pequeños, avergonzados y solos, y dejamos que esos dioses y carceleros nos juzgaran y nos llevasen al matadero tras ser sentenciados”. En la actualidad, comparan, seguimos alimentando a esos dioses y carceleros con ansiedad y el deseo de participar en la simulación. Según Salgado y McCausland, Los Invisibles “contribuye a abrir esa pequeña rendija, a rasgar el velo de la realidad, para acceder a otro estado de conciencia y, por tanto, del ser”.

Morrison creía tanto en el poder de la ficción para alterar la realidad que, tras enfermar después de que los villanos torturasen a su “traje de ficción” King Mob en el cómic, escribió una recuperación física y mental del personaje, en la que incluso consiguió una novia. Afirma que lo mismo le ocurrió a él.

Sin embargo, la fuerza de significado de la obra en los años 90 parece, en muchos aspectos, lejana al contexto de 2026. Para McCausland y Salgado, no es tan importante que los lectores presten atención a la contracultura y los movimientos antiglobalización de los 90 al leer Los Invisibles, sino que, al disfrutarlo en 2026, “se hagan preguntas sobre la legitimidad de la contracultura y el activismo antiglobalización hoy. Y nos atreveríamos a decir que, desde ese punto de vista, es una obra tan reveladora o más en la actualidad que entre 1994 y 2000”.

King Mob, de ‘Los Invisibles’

King Mob, de ‘Los Invisibles’

King Mob, de ‘Los Invisibles’, alter ego del propio Grant Morrison. Imagen cortesía de Panini.

Call concluye que las historias están vivas y que, aunque una sola historia no puede cambiar el mundo, sí puede reflejar y amplificar los cambios que sus creadores desean ver.

marzo 4, 2026 0 comments
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